Sobre el nihilismo de nuestro tiempo[1]
Aron Gurwitsch
Traducción hecha por Mª Luz Pintos Peñaranda
Introducción al texto[2]
por Lester Embree
El ensayo “Sobre el nihilismo de nuestro tiempo” de Aron Gurwitsch
(filósofo fenomenólogo nacido en 1901 en Lituania) fue publicado en su
traducción inglesa a finales de la segunda Guerra Mundial (exactamente, en
1945), si bien había sido escrito originalmente en francés, sobre 1940, con el
título “Sur le nihilisme de notre temps” y con una extensión de 51 páginas
mecanografiadas. Como refugiado judío procedente de Alemania, había estado
viviendo en Francia desde 1933 hasta 1939 y podemos suponer que tenía la esperanza de publicarlo en este
país antes de la ocupación alemana. Los
motivos que nos llevan a pensar esto son dos. Uno es que, en esa misma época de
redactar este ensayo y todavía hallándose en Francia, Gurwitsch había escrito otro ensayo directamente en
inglés; quizás su idea era publicarlo en
los Estados Unidos atendiendo a una invitación que desde allí le había hecho
Marvin Farber; y, efectivamente, lo
publicó en el continente americano como “On the Intentionality of
Consciousness”, en 1940. El otro motivo
es que otro de sus ensayos, “La science biologique d´après K. Goldstein”,
escrito en francés, se publicó sin problemas en la Francia ocupada[3]. De lo cual podemos inferir que redactó en francés “Sur le nihilisme
de notre temps” porque su intención era publicarlo en Francia antes de la
ocupación, pero que se vió obligado a demorar su publicación y, finalmente, a
pasarlo al inglés para poder publicarlo
en su nuevo país de acogida.
Gurwitsch le dijo a quien esto escribe que estaba muy enfadado cuando redactó este ensayo sobre el nihilismo (su expresión exacta fue que él estaba “in a white heat”, es decir, “¡echando chispas!”). Lo que más le enfadaba -decía él- era la psicología y la ciencia social con las que se encontró a su llegada a los Estados Unidos. Sus objeciones en relación a cómo se practicaban allí estas disciplinas están suficientemente manifiestas en este ensayo y no vamos aquí a entrar en ellas anticipándonos a sus palabras. Sin embargo, algo que sí deberíamos tener en cuenta es que él veía que estas disciplinas estadounidenses ofrecían un fuerte contraste con las que él mismo había conocido en Europa en las décadas anteriores y en las que había estado trabajando, ya que su investigación y su docencia estuvieron centradas, desde el primer momento, en las interconexiones entre la fenomenología y la psicología de la Gestalt y tenía de éstas y de otras disciplinas un profundo conocimiento. A mediados de los años 20, Gurwitsch había entrado en contacto con la Escuela de Berlín de la Psicología de la Gestalt-Escuela que estaba representada por Adhémar Gelb en el Instituto de K. Goldstein en Frankfurt para la investigación de los efectos psicológicos del daño cerebral en veteranos de guerra[4]. Presentó su Tesis Doctoral en 1928 sobre Phänomenologie der Thematik und des reinen Ich. Studien über Beziehungen von Gestalttheorie und Phänomenologie. Y para su Die mitmenschlichen Begegnungen in die Milieuwelt[5] de 1931 ya había estudiado una gran cantidad de ciencia social. En Alemania, estas disciplinas eran consideradas Wissenschaften, es decir, ciencias teóricas, y casi nunca se derivaban de ellas propósitos prácticos. Esta alta consideración para con las ciencias teóricas puede verse cuando él estuvo en París en los años 30[6].
Con respecto al contexto en el que está situado “Sobre el nihilismo de nuestro tiempo” y al contexto que vino con posterioridad a su publicación, hay que decir unas cuentas cosas basadas en la correspondencia entre Gurwitsch y dos de sus amigos. En relación al contexto actual en el que se mueve este ensayo, en la reacción de Gurwitsch al escrito de Alfred Schütz “El forastero. Ensayo de psicología social” (1944)[7], en una carta del 16 de julio de 1944 podemos apreciar que ésta tiene como fondo el ensayo sobre el nihilismo y, por tanto, que las palabras de Gurwitsch en esta carta son como un complemento de su propio ensayo. Más tarde, cuando Alfred Schütz recibió “Sobre el nihilismo de nuestro tiempo”, le hizo llegar a Gurwitsch, epistolarmente, el siguiente comentario:
“Yo creo que esta crítica está basada en el hecho de que tú, de forma legítima, rechazas el sociologismo in philosophicis... Tan pronto como la sociología reclama explicar el enigma del mundo, para ocuparse de la definición del hombre, para rastrear las categorías epistemológicas que están por detrás de su existencia social, etc., cae presa del demonio nihilista”[8].
Otras reacciones de ese momento, incluso desde dentro de la fenomenología estadounidense, no parecen haber sido tan amables como ésta, pero nos permiten hacernos una idea de cómo fue acogido este ensayo de Gurwitsch en los Estados Unidos, su nuevo país. Gurwitsch le escribió a su amigo Eric Voegelin, el 3 de abril de 1949[9]: "con mi conferencia sobre el nihilismo de hace cuatro años tuve las mismas experiencias [que tú has tenido con tu ensayo sobre cientifismo]. Me dijeron que era enemigo de la ciencia e incluso"subversivo"; el señor Farber le dijo a una buena amiga, de la que él no sabía que tenía amistad con nosotros, que yo era un "liability" para la fenomenología." (Marvin Farber era en aquel momento el Presidente de la International Phenomenology Society, editor de Philosophy and Phenomenological Research, y el más conocido portavoz de la fenomenología estadounidense. Sin ninguna duda, él estaba preocupado por la recepción de la fenomenología).
Aron Gurwitsch le habló, a quien esto escribe, acerca
de su primera década de exiliado en los Estados Unidos -precisamente la década
en la que publica “Sobre el nihilismo de nuestro tiempo”- como una época no muy
buena para él, y en la que su impresión constante era que estaba intentando
“ascender por una montaña de
algodón”. Encontrar un puesto académico
permanente resultaba algo extremadamente difícil para un refugiado judío con
fuerte acento y dedicado a algo, todavía no muy conocido allí en aquellos
momentos, llamado “Fenomenología”, es decir, dedicado a una tradición
filosófica que parecía demasiado exótica, y en una época en la que había muy
pocos puestos de trabajo en filosofía. Por lo tanto, no le quedó más remedio
que vivir, primero, de una beca durante un año mientras su esposa Alice
trabajaba en una fábrica de bolsos. Más tarde estuvo dando clases de física y
de matemáticas en distintos centros y sólo consiguió un puesto de trabajo
permanente, y en la disciplina de filosofía, en el año 1951, cuando tenía
cincuenta años. De lo dura que debió haber sido para él esta batalla el mismo Gurwitsch ha dejado fiel testimonio
en las cartas que mantuvo con su amigo Alfred Schütz
durante varios años.
Finalmente, debo añadir que Gurwitsch me confesó
que tuvo grandes dificultades para encontrar donde publicar este ensayo,
que recibió ayuda de Hannah Arendt y que, una vez que por fin ya había
conseguido publicarlo, la orientación de este ensayo -extremadamente crítica-
le costó perder tres oportunidades de trabajo. En efecto, Gurwitsch, en línea
con la propia visión fenomenológica de
Husserl sobre el “objetivismo” y la crisis de la cultura y de las ciencias,
realiza aquí un fundamentado análisis crítico a la ideología totalitaria nazi,
y en un período en el que todavía se hallaban en plena segunda Guerra Mundial.
Para ello, establece un vínculo entre el psicologismo naturalista, el
determinismo relativista, el nihilismo y el totalitarismo nazi. La tesis
defendida por él es triple: que el nihilismo está en la base tanto de la
interpretación naturalista y relativista como de la política totalitaria de
Alemania, que ambos fenómenos, a su vez, están conectados entre sí, y que la
“tolerancia-indiferencia” frente a la actual esclavitud ideológico-política de
individuos y de naciones por parte de lo que él denomina un “grupo-élite” que
se cree a sí mismo superior, es un fenómeno derivado de esta perversa conexión.
En nuestra opinión, tal vez la actualidad de este ensayo de Gurwitsch radique
en que este análisis crítico y denunciador puede mantenerse hoy en día si,
simplemente, cambiamos los nombres del “grupo élite” de aquel momento por el
del “grupo-élite” de nuestros tiempos.
Con posterioridad a la publicación de “Sobre el
nihilismo de nuestro tiempo”, Gurwitsch
sólo se refirió a este ensayo, por escrito, en una ocasión. Esto lo hace
en un estudio que realizó acerca de la por entonces recientemente aparecida obra
de Husserl La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología
trascendental. Bajo el título “The Meaning of
the Present Crisis and the Historicity of Philosophy” (1954), escribe:
“Podemos mantener todavía que la ciencia tiene la
función de capacitar al hombre occidental para renovarse a sí mismo bajo la
idea de su racionalidad, para llevar una existencia auténtica como ser
racional, para dirigir libre y razonablemente sus relaciones con el medio
ambiente, con sus coetáneos y consigo mismo. En la interpretación positivista
dominante, las ciencias aparecen como expedientes para predecir hechos y
acontecimientos, y para manipularlos. Todas las preguntas referidas a la razón
humana, la cual no es sino un título para las normas y las ideas atemporales o ‘eternas’
-entre ellas, el conocimiento auténtico, el valor auténtico, la acción
genuinamente buena, etc.- son eliminadas de las ciencias; no sólo de las
ciencias naturales, las cuales de algún modo ya se reducen al aspecto corpóreo
de la realidad, sino también de las ciencias humanas. También en estas últimas
el hombre es considerado meramente con respecto a su factualidad, como un
objeto como cualquier otro y para cuyo estudio deben imitarse los métodos
objetivistas de las ciencias naturales[10].
Sin embargo, si la mente humana y la racionalidad son pasadas por alto o si son
explicadas de un modo naturalista, las propias ciencias se vuelven
ininteligibles”.[11]
No es irrelevante el hecho de que, en la nota a pie de página que viene después de la que Gurwitsch añadió al texto que acabamos de mencionar, escriba esto:
“Husserl argumenta exclusivamente a nivel teórico,
puesto que él todavía no había tenido la oportunidad de apreciar la crisis de
la ciencia occidental bajo el aspecto político-práctico con el que nos hemos
familiarizado durante la última década. Este aspecto ha sido destacado por E.
Voegelin en su muy iluminador artículo ‘On the Origins of Scientism’, Social
Research, XV (1948)”.
Por lo tanto, la crisis de la ciencia occidental
puesta en tela de juicio por Husserl en su Crisis, es entendida por
Gurwitsch como algo que se extiende a la esfera político-práctica. Nos cuesta
pensar que él hubiera dudado que esta
crisis iba a verse continuada por mucho
tiempo, tal y como así ha sucedido hasta nuestros días.
En 1959, cuando muere Schütz, llaman a Gurwitsch para
sucederle en su puesto en la New School for Social Research, en Nueva York.
Nadie puede poner hoy en duda que, durante los doce años de su docencia en este
centro, Gurwitsch consiguió una buena difusión de la fenomenología, como ya
antes había hecho en los años 30 en sus clases parisinas impartidas en la
Universidad de la Sorbona. A su muerte en 1973, ya había acuerdo en considerar
a Aron Gurwitsch como “la gran figura de la fenomenología norteamericana”.
Buena parte de la fenomenología habida en este país desde los años 70 tiene su
huella y todavía hoy sus discípulos -como quien esto escribe- mantenemos viva
su memoria.
Texto primario
I
En nuestro
tiempo, la razón no es tenida en gran estima: “Racionalismo” se ha convertido
en un término peyorativo en casi todos los medios intelectuales. “Creer en la
razón” es no ser ya uno de su tiempo, es la prueba de una mentalidad caducada y
pasada de moda, es haber perdido contacto con lo que hoy en día se llama
“progreso”.
En lugar
de la “creencia en la razón”, tenemos toda suerte de ciencia psicológica y
sociológica: psicologías del inconsciente, del subconsciente, del
comportamiento de los deseos contenidos y de los reflejos condicionados; la
variedad de sociologías no es menos desconcertante; incluso no necesitamos
olvidar las psicologías sociológicas y las sociologías psicológicas. Antes, el
hombre pasaba por un animal racional,
un ser viviente racional. Ha pasado ahora a ser viviente sin más, sin ninguna
calificación. Siendo así que el ser humano vive en comunidad con sus
semejantes, uno se preguntaba, antaño, cuál debería ser la estructura y la
organización de la sociedad, para que sea la correspondiente con la naturaleza
racional y humana de sus miembros. Tal cuestión no se plantea hoy en día. El
hombre, en tanto que animal social, debe adaptarse a su medio estando en él por
su bienestar y su felicidad. El problema ya no es saber si se puede y si se
debe adaptar a esto o a aquello otro. La cuestión no concierne más que a la
técnica y a los medios más seguros de la adaptación.
Observemos
este naturalismo un poco más de cerca. Como todo otro ser vivo, el hombre viene
al mundo con una cierta organización; con esto que se llaman instintos, maneras
de actuar primitivas, reacciones elementales. Quizás la organización del hombre
es más plástica que la de los animales. Esta plasticidad permite el
desenvolvimiento de nuevas reacciones que se injertan sobre las maneras de
reaccionar primitivas. En función de las circunstancias, la organización se
modifica y se recondiciona; hacen su aparición maneras de actuar en complejidad
creciente. Pero, cualquiera que sea la complejidad, toda acción humana es y
queda para siempre siendo lo que ella era bajo su forma más primitiva:
reacción, comportamiento producido por el funcionamiento del organismo en
dependencia de excitaciones externas. Las ciencias psicológicas que se dedican
a estudiar estos mecanismos y su funcionamiento andan al mismo tiempo a la
búsqueda de medios que permitan influir y hacer cambiar el funcionamiento de
estos mecanismos y, por consiguiente, de suplantar una reacción que el
individuo ha adquirido en el curso de su vida por una reacción diferente. Cualesquiera
que sean estos medios y cualesquiera que sea la técnica de su aplicación, se
trata siempre de modificaciones, de reorganizaciones y de recondicionamientos.
Hay
animales que pueden ser adiestrados. Desde el punto de vista de la psicología
que hemos descrito, el hombre es el animal que
mejor se presta al adiestramiento. Sin duda, no se dirá nunca tan
crudamente. Pero esta concepción está en la base de buena parte de las cosas
que se hacen, tanto en teoría como en la práctica.
Consideremos
una consecuencia. Entre las reacciones, es preciso tener en cuenta también las
creencias, las convicciones, las ideas, etc. Tener ideas, formar pensamientos,
profesar una fe, son también maneras de comportarse y de reaccionar a su medio,
a los hombres y a las circunstancias. Estos son todavía hechos producidos por
el funcionamiento de mecanismos. Las ideas, las convicciones..., ¿es que pueden
ser otras? ¿Qué es lo que puede haber en el hombre salvo reacciones y modos de
comportarse? Al abordar las ideas y las convicciones, es preciso remontarse a
los mecanismos, por ejemplo, a la satisfacción que procura una cierta idea.
Todo el valor de la idea en cuestión consiste en saciar la necesidad de
satisfacción y esto es la única razón, tan necesaria como suficiente, para que
esta idea sea preferida a otra diferente. Por lo tanto, al estudiar una idea,
el interés se dirige a los mecanismos a los que ha dado lugar y que mantienen
la creencia en esta idea más que en los contenidos de la idea misma. Los
últimos prácticamente cerecen de significado; el único interés que pueden
ofrecer está relacionado con su función de indicar el mecanismo que ha llevado
al individuo a creer en la idea. Este modo de aproximación a la vida espiritual
del hombre es común a muchas teorías que se diferencian entre ellas en los
métodos empleados y en las explicaciones dadas. Y no podemos insistir demasiado
en la naturaleza común del punto de vista causal y “explicativo”: es esto mucho
más sorprendente y mucho más importante que las diferencias de detalle por las
que unas teorías se distinguen de las otras. Que la adopción de un punto de
vista explicativo haya sido posible o que se haya dado por supuesto, se debe al
hecho de que en una interpretación naturalista de todas las actividades humanas
no puede existir una diferencia intrínseca y esencial entre una reacción
corporal y la producción de una idea. Ambas aparecen porque funciona un
mecanismo de una cierta manera y ambas son los efectos finales de este
funcionamiento. En vista de un efecto final que se obtiene de un encadenamiento
causal, toda cuestión a plantear sólo puede llevar sobre ese encadenamiento
causal mismo y sobre la manera como termina por producir el efecto.
No hay,
pues, entre las ideas, los pensamientos, las convicciones, etc., esta diferencia
que los antiguos designaban por los términos de epistéme y doxa,
distinción fundamental que a través de los siglos ha dominado la tradición
filosófica al igual que la tradición sin más. Para establecer esta distinción,
es preciso partir no del hombre, sino del hecho de que hay una verdad, una,
inamovible y universal. Después, podemos plantear la cuestión de saber gracias
a cuáles de estas capacidades naturales ha accedido el hombre a esta verdad;
podemos preguntarnos, como se ha hecho en la tradición religiosa, si las
capacidades naturales del hombre le son suficientes para alcanzar la verdad o
si, más bien, no hay necesidad de una sacudida sobrenatural, por ejemplo bajo
forma de revelación.
Toda
suerte de cuestiones concernientes a la investigación de la verdad y al acceso
a la verdad se hacen posibles y surgen de hecho. Poco importan las diferencias
entre los filósofos y entre las escuelas filosóficas en lo que concierne a las
concepciones que han sido defendidas acerca de la verdad una y universal. No se
trata de detalles filosóficos, es decir, de diferencias de doctrina, de método
y de posición de problema. Lo que se cuestiona es el punto de partida: el
reconocimiento de la verdad una e inmutable a la que se deben adaptar los
pensamientos de los hombres, cualesquiera que sea el modo en que esta
conformidad haya sido concebida por las diferentes escuelas filosóficas que se
han sucedido en el curso de los siglos. Si, por el contrario, se parte del
hombre considerado como ser puramente vital, no se podrá ya llegar a la
distinción entre epistéme y doxa. Estamos ante el hecho de que los
hombres tienen ideas y de que ellos defienden convicciones. Cada uno tiene las
suyas y cada uno las tiene por razones diferentes, es cierto, pero todas
puramente causales. Factores psicológicos, circunstancias históricas,
constelaciones sociológicas, etc., han conducido a cada uno al punto en donde
se encuentra. Dada la concurrencia de todos estos factores, el individuo en
cuestión no puede no pensar como lo hace. La misma cosa es cierta para su
vecino. Cada uno es el producto de las condiciones en las que vive, y un
resultado de este condicionamiento es el hecho de que él se mantiene en tal
idea y añade fe a la tal convicción. Nos encontramos en un mundo en donde no
hay más que opiniones (doxa). La
convicción de uno, ¿en qué puede superior a la de otro? ¿No son más que
opiniones todas ellas, tanto la del uno como la del otro? ¿La una no vale lo
que la otra en que tanto la una como la otra se obtienen de ciertas causas a las
que nos podemos remontar cuando somos curiosos? Sobre esta base estamos ante la
posibilidad de una “tolerancia” que, a decir verdad, mejor debería ser llamada
total indiferencia. Tú, tú tienes tu opinión, y yo, yo tengo la mía. La tuya es
la expresión de tu personalidad, al igual que la mía refleja mi temperamento. Y
bien, ya que nosotros necesitamos vivir juntos, yo voy a tolerar tu opinión, a
menos que yo tenga interés en hacerte cambiar de parecer, y bajo la misma
condición, tú, tú vas a tolerar mi opinión. Para que una harmonía perfecta
pueda establecerse entre nosotros, lo mejor será no discutir nuestras opiniones
del todo. Además, puesto que no se trata más que de un asunto de temperamento y
no se trata de ninguna cuestión de verdad -verdad en la que, por supuesto, no creemos ni el uno ni el otro, nosotros,
hombres de nuestro tiempo, que somos hijos del progreso. De ahí se sigue que,
si tú o yo tenemos interés en hacerle cambiar al otro de parecer, este interés
será de naturaleza mucho más sólida y real que el interés puramente académico
por la verdad.
Sobre
esta base se ha hecho el intento de avanzar una nueva definición de verdad..
Sin embargo, para esto ha sido necesario cambiar totalmente el sentido del
término “verdad”. Al considerar al hombre como un ser vital condicionado por
los diversos mecanismos, es posible observar sus opiniones tanto en relación a
sus antecedentes, causas que las hacen nacer, como en relación a sus
consecuencias, efectos que contribuyen a producir. Entonces parece que ciertas
opiniones son útiles, mientras que otras no lo son. Puede ser que si se las
trata sobre la base de ciertas ideas, se obtengan resultados satisfactorios;
puede ser también que el propio hecho de mantener ciertas opiniones entraña
consecuencias útiles y agradables, sobre todo cuando se trata de opiniones
sancionadas por la sociedad. Aquí entran en escena las sociologías y toda la
moral de la adaptación al medio.
Hoy se
nos enseña que la verdad de una opinión consiste en su valor utilitario y
funcional. No es posible -se nos dice- hablar de la verdad de una opinión más
que respecto a las consecuencias implicadas por el hecho de darle crédito. Una
opinión no es verdadera, ella llega a
serlo a medida que aporta satisfacciones y sacia la necesidad profunda que el
hombre tiene de recompensa. He aquí -se añade- una interpretación auténtica del
sentido mismo del término de verdad; este término no tiene y no puede tener
otra significación. Todo lo que antaño se pensaba acerca de la verdad no son
más que quimeras y misticismos, arcaicos y pasados de moda, superados por el
propio proceso moderno.
A esto es
necesario responder que esto no es ni una interpretación auténtica ni incluso
nueva de la noción de la verdad, sino simplemente una falsificación. La verdad
es un sistema de la razón -sea cual sea el modo en que sea concebida su
naturaleza-; la verdad no depende de los deseos humanos y no guarda ninguna
relación con la necesidad de recompensas. Es una, inmodificable y universal.
Porque es la misma para todos. Esto quiere decir: sea quien sea el que la
busque debe adaptar sus pensamientos a este sistema racional. También la
tendencia hacia la verdad asegura un carácter venerable incluso a los esfuerzos
abortados, en virtud del cual carácter estos ofrecen por lo menos un interés
histórico. Si, por el contrario, la verdad es concebida en términos de efectos
saludables y de consecuencias útiles, no puede ya cuestionarse su
universalidad. La cuestión surge al saber qué deseos y qué necesidades deben
ser satisfechos y, sobre todo, las necesidades y deseos de quién. Al hablar de
utilidad y de consecuencias saludables es preciso indicar el tema de referencia
al que se refieren estos términos. Se dirá, sin duda, que el tema de referencia
es la raza humana tomada en su totalidad. Pero, ¿cuál es el origen de este
“universalismo”? ¿Cuál es su base en la concepción que aquí estamos debatiendo?
No vemos ninguna razón por la que la raza humana, es decir, el grupo más
abarcador, pudiera atribuirse un privilegio en relación a esos grupos más
restringidos, cada uno teniendo sus intereses específicos y sus deseos y
necesidades particulares. Entre estos intereses, hay bastantes conflictos sobre
lo que es útil y saludable. En lugar de jugar con las palabras y de intentar
salvar la situación subrepticiamente, mejor habría que decir abiertamente que
nosotros, hombres del período actual, ya
no mantenemos abstracciones como la “verdad” -podríamos incluir también
aquí la “justicia”-, sino que las hemos reemplazado por cosas más “concretas”:
ventajas biológicas, satisfacciones de deseos y de necesidades, utilidad, etc.
Esta declaración sería una franca confesión de nihilismo. Éste se define, en efecto, por la sustitución de las
“abstracciones” por cosas “concretas”.
Una vez
que se abandona la noción de la verdad “abstracta”, todo esfuerzo del pensador individual por
poner sus ideas en conformidad con la razón universal pierde su sentido[12]. En lugar de esta conformidad, nosotros
tenemos el conformismo. Pensar como todo el mundo ha llegado a ser casi un
deber moral. Puesto que no hay más que opiniones, toda opinión vale tanto como
cualquier otra. ¿Por qué, pues, no preferir la que es compartida por todo el
mundo o -lo que viene a ser lo mismo- la que está favorecida por la opinión
pública? El conformismo se acompañará muy probablemente de recompensas por
parte de la sociedad, mientras que el disentir puede entrañar consecuencias más
o menos enojosas. Cuando se es nihilista, no hay verdaderamente ninguna razón
para no escoger la ruta de la que se pueden esperar un máximo de satisfacciones
y de ventajas. Además, en tanto en cuanto la verdad de una convicción sea
definida por los efectos saludables de los que ésta se acompaña, las
recompensas que la sociedad distribuye entre los que mantienen las convicciones
sancionadas aparecen como pruebas de la verdad de estas convicciones. El
conformismo se encuentra elevado así al rango de un criterio de la verdad.
No es
necesario que nos extendamos en los estragos causados por el nihilismo en los
distintos dominios de la vida intelectual; concentraremos nuestra atención en
la confusión extrema que surge cuando se trata de cuestiones de moralidad, en
particular de moralidad política. La firmeza de los puntos de vista morales
sólo puede definirse teniendo en cuenta sus consecuencias y efectos. Sin
embargo, se está en presencia de los intereses más diversos, en conflicto los
unos con los otros. Efectos que parecen saludables desde el punto de vista de
ciertos intereses no lo parecen desde el punto de vista de intereses diferentes.
No hay nada por encima de la mezcla de intereses particulares. Lo que podría
estar por encima son justamente “abstracciones” tales como la justicia, el
derecho, etc. Pero se han abandonado estas “abstracciones”, más exactamente ahora se las concibe en
términos “concretos”. Por esta puerta tan grande abierta al relativismo,
monstruos híbridos, como por ejemplo la verdad relativa a una clase, la
justicia relativa a una raza, etc., hacen su entrada en escena. Es el
advenimiento de estos monstruos. ¿No se ve que esto no ocurre más que sobre el
terreno fertilizado del relativismo y del nihilismo: que ha podido nacer la
concepción satánica de que “el derecho es lo más beneficioso para el pueblo
alemán”? ¿Nos hemos horrorizado de esta infamia?, ¿se está horrorizado por una
buena razón?, pero, ¿a título de qué?
Para un racionalista no hay dificultad. Un racionalista sabe que el
derecho, al igual que las otras “abstracciones”, es una idea de la razón, y que
una idea, en nombre de su naturaleza esencial, es abstracta, por tanto,
universal. Un acto o un acontecimiento que sale de la esfera humana o bien es
conforme a esta idea o bien no lo es. Para decidir si un cierto acto es
conforme a la idea del derecho y de la justicia, o si le contradice o, en fin,
si le es indiferente desde este punto de vista, es necesario -el racionalista
insiste en ello- considerar la naturaleza del acto en cuestión, sin esperar las
consecuencias y los efectos para ver si son saludables y útiles. En otras
palabras, el racionalista sabe hacer la distinción entre el éxito por una parte
y las “abstracciones” -tales como la justicia, la verdad, el derecho, etc.- por
otra parte, y se negará estrictamente a definir a éstas por aquél. A menos que uno sea
racionalista y que se mantenga en las “abstracciones”, se tendrá gran
dificultad en oponer a la infamia mencionada, como a tantas otras, nada más que
una aversión, ya sea retórica, ya sea altamente emocional, pero sin energía ni
vigor. Es que es extremadamente difícil, sino imposible, luchar contra los
productos del nihilismo, cuando se está penetrado -tan poco como sea- del
espíritu del nihilismo.
II
El
análisis del naturalismo psicologista contemporáneo nos ha encaminado hacia el nihilismo.
Sin embargo, el orden lógico es el inverso al que hemos seguido. El nihilismo
no es una consecuencia del naturalismo; al contrario, es su presupuesto y su
base. Para mirar al hombre como un ser puramente vital, es preciso abandonar la
concepción clásica según la cual el hombre es un animal racional. En la concepción clásica, la combinación de los
términos “animal” y “racional” indica la profunda dualidad de la naturaleza
humana y el carácter tan problemático que reviste la existencia del hombre. Aunque
animal, ser vivo sometido a las necesidades y a los impulsos vitales, el hombre
ha sido concebido como orientándose hacia el universo eterno de la razón
inmutable. De ahí esta dualidad intrínseca, esta tensión que aparece como el
destino de la existencia humana. En la
condición del hombre, las cosas vitales, por decirlo así, están en relación con
la idea, y ésta no encuentra realización más que incorporándose a la vida.
Desde la
segunda mitad del siglo XIX se iba desconfiando más y más ante todo dualismo e,
incluso, ante toda dualidad. Se intentaba elaborar una concepción del hombre en
la que todas sus actividades se reducirían a un plano puramente vital. Para que
esta tendencia pudiera llevarse a cabo completamente, hacía falta romper la relación del hombre en
el universo de las ideas, ya sea negándolas simplemente, ya sea despreciando la
relación en cuestión. La razón -se dice-, aunque el hombre haya llegado a ella,
no es a pesar de todo para él más que un valor secundario o, por decirlo mejor,
instrumental. La razón está al servicio de las funciones vitales, su papel y
toda su importancia se agotan en servir las necesidades de la vida. Según esta
concepción, el hombre es sin duda un ser racional, lo es en interés de su
vitalidad. Si en el curso de la evolución de la raza humana la razón se ha
desarrollado es porque la vida ha encontrado útil forjarse este instrumento.
Cualquiera que sea el valor de la razón y cualquiera que sea la admiración que
puedan provocar los productos de la
razón, nunca es necesario perder de vista el objetivo al que la razón está
subordinada. Este objetivo no es asegurar al hombre el acceso al universo de
las ideas eternas e inmutables, sino el de facilitarle la lucha por la
existencia. La razón es, pues, en el hombre lo que sus órganos ofensivos y
defensivos son para los animales de presa. Es en relación a esta relatividad de
la razón como hace falta juzgarla. Así, el
animal racional cede el lugar al animal
que simplemente se sirve de su razón en el interés de su vitalidad o -¿hace falta decirlo así?- en el interés de su animalidad.
Todos los
biologismos y todos los vitalismos que han abundado no son más que productos y
síntomas del nihilismo, definido éste como negación de las “abstracciones” o,
por lo menos, como escepticismo para con las ideas “abstractas” de la razón. Es
verdad esto mismo para las consecuencias inmediatas de sus vitalismos, por
ejemplo, la justificación moral, en virtud de su origen, de todas las acciones
que son producto de la vitalidad; la admiración de la fuerza y de la violencia
como expresiones de la vitalidad: el activismo en todas sus formas;
escepticismo, etc. Todos estos fenómenos son efectos morbosos de la propia
causa de la morbidez. Desde nuestros días, nosotros hemos visto la culminación
de estos biologismos y de estos vitalismos en las teorías racistas de “la
sangre y la tierra”. Se ha dicho que estas teorías no tienen ningún fundamento
“objetivo”; pero no se habrían establecido si el camino no hubiera sido
preparado por estas concepciones biológicas. Los promotores de las teorías
racistas llevaron a su culminación los intentos bastante cuidadosos de aquellos
que en primer lugar expusieron una concepción puramente biologista del hombre.
En razón de su tosquedad, estas teorías acusan su origen de
anti-intelectualismo nihilista, y los promotores de estas teorías no hacen
ningún esfuerzo por disimular este origen[13].
Cuando el
hombre deja de definirse por la relación en que se encuentra en el universo de las
ideas, pero es reducido al estado de un ser puramente vital en el que la razón
no juega más papel que el de un servidor, el terreno está bien preparado para
el naturalismo psicologista. En esta concepción del hombre, en efecto, toda
actividad humana debe ser considerada a la luz de las funciones vitales de las
que ella aparece bien como expresión bien como instrumento. También los
pensamientos, las convicciones, etc., no ofrecen más que un interés
psicológico. La cuestión de su valor intrínseco, es decir, objetivo, ya no se
plantea, porque no tienen tal valor, lo que en efecto presupone una referencia
a ideas “abstractas” como la verdad o la justicia. La única cuestión que puede
plantearse ante las actividades espirituales del hombre concierne a la utilidad
de estas actividades, con su contribución que aportan a la satisfacción de los
deseos del hombre -incluyendo el deseo de aprobación con el que la sociedad
recompensa al conformista. Si el valor
utilitario de una cierta actividad se hace evidente, no hay ningún problema en
plantear que nada más natural y más normal que el hombre busque lo que le
aporta satisfacciones. Pero, de hecho, acabamos de plantear un problema: cuando
este valor utilitario no sólo no es evidente sino que parece ausente, cuando, por
ejemplo, una cierta actividad compromete
al individuo en conflictos a veces
bastante graves con su entorno social y le trae consecuencias que se derivan
muy enojosas. En este caso, hay verdaderamente un hecho que demanda una
explicación: el hecho de la mala adaptación; y la explicación no puede ser más
que de naturaleza psicológica. Partiendo del axioma de que el hombre no busca y
no puede buscar más que la satisfacción de sus deseos, cuando el deseo a saciar
no se revela de golpe, es preciso sumergirse en el “inconsciente” para
descubrir en él los deseos disimulados y reprimidos a los que la actividad en
cuestión aportaría una satisfacción. Conocemos una cierta especie de literatura
psicológica contemporánea en la que las grandes figuras creadoras del pasado
-filósofos, sabios, artistas, hombres políticos, etc.- son tratados casi como
psicópatas. En lugar de concentrarse sobre sus obras para intentar comprender
lo que ellos han acabado, como se hacía antiguamente, hoy se lleva la cuestión
al “lado humano”, a la persona, preferentemente a estos lados de la persona que
se escapan a la vista. De ahí estos sondeos en las “profundidades” del
inconsciente, estas búsquedas de experiencias pueriles que se presentan después
como explicación de una concepción filosófica o de una idea política. Una
familiaridad incluso superficial con esta literatura es suficiente para hacer
ver el modelo que, a los ojos de estos psicólogos, pasa por la norma humana.
Este modelo es el del filisteo que no se inquieta más que por su felicidad
personal, que busca y encuentra fácilmente sus placeres y la satisfacción de
sus pequeños deseos, que se orienta escrupulosamente en sus acciones como en
sus pensamientos sobre su vecino, filisteo como él, que no tiene ningún
principio salvo el de evitar el desacuerdo con sus semejantes, que adopta la
opinión común, es decir, el prejuicio común para la garantía de la verdad y la
moderación a todo precio y en toda circunstancia como la meta de la sabiduría,
que, en una palabra, no puede estar mejor adaptado a su medio. La mediocridad
erigida en medida humana, he aquí otro resultado edificante del nihilismo y del
naturalismo. No es, pues, demasiado sorprendente que tantos personajes de
nuestro tiempo que han tratado de
hacerse pasar por los grandes hombres y por figuras representativas, se
revelen, al mirarlos un poco más de cerca, como mediocridades infladas.
El propio
hecho de ser concebido en términos psicológicos o sociológicos parece
garantizar hasta cierto punto, para muchas personas de hoy en día, la validez
de una interpretación de los fenómenos humano -que los factores psicológicos o
sociológicos poseen una eficacia mayor[14], si no exclusiva, es un principio que hoy se
da por sentado. Mientras que los
detalles de las explicaciones basadas en este principio están abiertas a la
discusión, el principio mismo no lo está; la cuestión sería exponerse al cargo
de lo absurdo, tal como si se intentase arrojar dudas sobre una verdad
axiomática. Si el deseo de la satisfacción se acepta como el único o, por lo
menos, como el motivo principal que representa toda la actividad humana,
naturalmente se sigue de aquí que este motivo debe verse en acción en todas
partes: en cada ámbito y en cada período. Por lo tanto, se razona como si el
nihilismo fuese una filosofía evidente de por sí. La disponibilidad de aceptar
el principio antes mencionado de la eficacia exclusiva de los factores
psicológicos y sociológicos aparece como uno de los más sorprendentes síntomas
del nihilismo, una indicación clara del punto hasta el que esta filosofía ha
sido capaz de penetrar. El error fundamental de las teorías psicológicas y
sociológicas consiste precisamente en el hecho de que el nihilismo se considera
como un modo de pensar natural para el hombre, mientras que, de hecho, es la perversión
de un período histórico particular.
No
podemos entrar aquí en una discusión detallada acerca de las tendencias
psicológicas contemporáneas desde el punto de vista de la teoría del
conocimiento. Es suficiente recalcar el hecho de que, para establecer una
psicología científica, no es en absoluto necesario adoptar una concepción del
hombre según la cual todas sus actividades se reducen al plano puramente vital,
es decir, explicándolas exclusivamente en términos de satisfacción de los
deseos -tal como podemos ver si echamos un vistazo a lo largo de la historia de
la ciencia. Mucho antes de nuestro
tiempo, incluso mucho antes del siglo XIX, ya fue concebida una psicología
naturalista. Se la encuentra a comienzos del siglo XVII, incluso, y sobre todo
en pensadores racionalistas como Descartes y como Malebranche. Sin embargo,
aunque podamos hacerle algunas objeciones a las teorías psicológicas de
Descartes y de Malebranche, seguramente no podemos dirigirles la crítica que
acabamos de formular ante el naturalismo
psicologista contemporáneo. La razón es que éste está separado por dos
diferencias fundamentales de las teorías psicológicas que salen del
racionalismo.
1º.
Descartes y Malebranche ofrecen explicaciones naturalistas e, incluso,
mecanicistas de la percepción, de la imaginación, de las pasiones, de las
inclinaciones, etc., en una palabra, de las facultades que no sólo no
contribuyen al conocimiento de la verdad sino que incluso se revelan como
obstáculos para con él. Sin embargo, la explicación naturalista se detiene ante
la razón, más precisamente, ante la razón matemática que, según estos
pensadores, es el vehículo del conocimiento y la única capacidad natural que le
entreabre al hombre el acceso a la verdad. Lejos de estar atenuada, la
distinción entre epistéme y doxa, reinterpretada en relación a la
tradición aristotélica, se encuentra, por el contrario, acentuada. Esta
distinción marca al mismo tiempo los límites del naturalismo psicológico. Todo
lo que no procede de la razón matemática entra en el dominio de la doxa, con excepción -evidentemente- de
la revelación religiosa. El dominio de la doxa
queda abandonado al naturalismo psicológico que, sin embargo, no puede minar
este terreno de la epistéme. En
efecto, ni Descartes, ni Malebranche, ni ninguno de sus discípulos, podrían
nunca soñar con ofrecer una explicación naturalista de las “ideas claras y
distintas”, es decir, de la razón matemática. Al contrario, para el naturalismo
psicologista contemporáneo, que ya no reconoce la distinción entre epistéme y doxa, toda convicción, toda doctrina, toda tesis, es doxa;
por tanto, ya no se le impone ningún límite a la explicación
psicológica, es decir, naturalista. También la propia razón puede ser concebida
como una función puramente biológica. En razón de esta concepción, como hemos
expuesto, la idea misma de la ciencia amenaza
ruina. Según esta filosofía, la actividad científica puede considerarse
únicamente como el efecto final del funcionamiento de ciertos mecanismos
psicológicos puestos en movimiento por los estímulos exteriores: la actividad
científica no puede diferenciarse en principio de ninguna actividad mental.
Incluso cuando esté orientado en la dirección del naturalismo psicológico,
cualquier esfuerzo científico puede considerarse sólo como un modo de
comportamiento entre otros -todos los cuales están condicionados por mecanismos
psicológicos; en todos los casos es simplemente una cuestión de reacciones. Al
naturalismo psicológico le son hurtadas tales ideas de validez y de objetividad
por la concepción misma en la que se basa; por esta concepción pierde cualquier
privilegio especial en comparación con otras actividades, es despojada de su
carácter científico y se la hace aparecer como una de las muchas reacciones
posibles. Esto tiene poco que ver con el naturalismo psicológico de los grandes
pensadores racionalistas que, en virtud de la limitación mencionada, no sólo es
bastante compatible con las ideas de verdad y de conocimiento verdadero sino
que se sigue directamente de estas ideas, como veremos.
2º. Para establecer la tesis de que sólo la razón matemática
alcanza la verdad, es preciso someter a una crítica las otras capacidades, la
percepción, por ejemplo, y hacerlas surgir como desprovistas de valor
cognitivo. Por otra parte, si como lo sostienen los grandes pensadores
racionalistas, el mundo es, en realidad, tal como es concebido en las
construcciones matemáticas y físicas, y no como aparece en la percepción, es
necesario dar una explicación de las apariencias, es decir, de las ilusiones perceptivas.
De modo análogo, alguna de las creencias a las que se nos ha llevado por la
imaginación, por las inclinaciones, por las pasiones, no puede pretender un
valor cognitivo; incluso es preciso explicar la existencia de estas
capacidades, como es preciso tomar en cuenta la de la percepción. Este es el
problema explicativo que el naturalismo psicológico está destinado a resolver.
Las
capacidades no cognitivas tienen interés -según esta explicación- en la unión
entre el alma y el cuerpo. Hay interacciones, de naturaleza puramente mecánica
entre el cuerpo humano y lo que le rodea, y es de estas interacciones de donde
se derivan los hechos que salen de las capacidades en cuestión. Éstas tienen,
pues, una función, a saber, la de instruirnos sobre los efectos de la
interacción mencionada, es decir, sobre la utilidad y la nocividad de las cosas
con las que nos hemos puesto en contacto. Ahora bien, justamente en razón de su
función biológica que Descartes y Malebranche no sólo admiten sino que insisten
en ella, las capacidades en cuestión se revelan como desprovistas de valor
cognitivo. Estas capacidades nos presentan los objetos no como son en realidad,
sino bajo la perspectiva de su relación con nuestro organismo; sirven a las
necesidades de la vida, pero no contribuyen al conocimiento. Así, la solución
del problema explicativo viene a confirmar la crítica cuyo objetivo es
establecer la razón matemática como el único vehículo del conocimiento. Se ve,
pues, que hay compatibilidad entre la idea del conocimiento y el naturalismo
psicológico, y que éste está integrado en el sistema del conocimiento. La realización progresiva de la propia idea del conocimiento lleva a la explicación
naturalista cuyo principio se deriva de esta idea misma. Y esto es también verdad en cuanto a las explicaciones mecanicistas.
De hecho, la concepción mecanicista es también una consecuencia de la idea del
conocimiento matemático y físico, tal como se concebía esta idea en el siglo
XVII. En consecuencia, el naturalismo psicológico no debe considerarse como una
simple superinducción sobre las demás ciencias; por el contrario ocupa un lugar
definitivo en el sistema de las ciencias, y
puede hacerlo así debido a la función que se le atribuye por la idea del
conocimiento mismo.
Si hemos
mencionado con tanta extensión las teorías psicológicas del siglo XVII no ha
sido tanto por su contenido doctrinal, y mucho menos porque pretendiésemos el
restablecimiento de estas teorías. Simplemente hemos tratado de mostrar por
medio de este ejemplo histórico cómo la idea de una ciencia psicológica pudo
concebirse desde el punto de vista de un cierto ideal del conocimiento. Es por
virtud de sus conexiones con este ideal que la ciencia psicológica así
concebida está justificada. Y es demasiado evidente que tal justificación no
existe para el psicologismo naturalista contemporáneo: ciertamente, incluso
apenas se siente la necesidad de ella[15].
En
conformidad con las tendencias actuales se puede responder que el ideal
científico de nuestra época difiere del del siglo XVII. El siglo XVII tenía una
confianza ilimitada en la omnipotencia de la razón y contemplaba las ciencias
como la realización de la razón. También las ciencias se presentaban en un
cuerpo organizado y coherente de conocimiento por medio del cual se alcanzaba la
racionalización del universo. Pero nuestro tiempo ya no es racionalista por el
hecho de que nosotros “no creemos ya en la razón”. Si nosotros cultivamos las
ciencias, no es para realizar una cierta ideas del conocimiento, ni para
penetrar en la racionalidad intrínseca del universo; nosotros consideramos las ciencias desde el
punto de vista de las ventajas prácticas que ofrece la explotación técnica de
sus resultados -ventajas que, ciertamente, son considerables. Al igual que el
estudio -añadiremos- científico de los cuerpos materiales, tanto orgánicos como
inorgánicos, ha asegurado al hombre el dominio sobre la naturaleza y le ha
valido más ventajas de las que nadie soñará poner en duda, de igual modo el
estudio científico del hombre, en el que se considera al hombre como un ser
puramente vital y que examina su comportamiento y sus reacciones, permitirá
disponer mejor de las capacidades humanas y de manejar al hombre más o menos
como se maneja a los otros objetos de la naturaleza. Este dominio que el hombre
adquirirá, así, sobre sí mismo no podrá dejar de estar, a fin de cuentas, en
beneficio del hombre mismo. No podemos entrar aquí en una discusión de las
muchas cuestiones relacionadas con la teoría del conocimiento que tienen como
finalidad la justificación de la ciencia; debemos limitarnos a una
consideración de las ventajas que se esperan del naturalismo psicologista. Vale
la pena un examen más detallado de estas ventajas.
III
“Manejar”
al hombre[16] es inducirlo a acciones y hacerlo aceptar ideas sin considerar la
verdad de estas ideas y el acierto de estas acciones. Estas cuestiones no se
plantean o, al menos, no tienen la importancia que se les atribuía
antiguamente, ya sea que sencillamente se niegan las ideas “abstractas”, tal
como la verdad y la justicia, ya sea que, sin saciarse de problemas filosóficos
se insista en la naturaleza vital del ser humano. Aunque el hombre esté dotado
de razón, no es ésta la que decide sus
acciones y sus convicciones. Ante todo, el hombre está lleno de apetitos y es
pasional. Detrás de todas sus acciones y de todas sus opiniones se encuentran
deseos, tendencias volitivas, impulsos de todo tipo, y es la necesidad de
satisfacerlos lo que empuja al hombre hacia ciertas acciones y hace que ciertas
ideas parezcan plausibles y aceptables. Conociendo el juego del mecanismo
psicológico, se estará en estado de canalizar y de dirigir estos esfuerzos, o
bien de llamar al uno o al otro de entre ellos, de manera que se obtendrá del
hombre un comportamiento, tanto en acciones como en pensamientos, que se está
interesado en provocar. Así, influyendo en los hombres, se podrá contribuir a
su felicidad y a ayudarles a adaptarse mejor a su medio social. Las fricciones
entre el individuo y la sociedad se reducirán y la ventaja no puede dejar de
estar en ambas partes. Es necesario remarcar que el interés en cuestión no
lleva a la verdad, a la justicia, a ideas “abstractas” parecidas. En este
sentido, se da esta tolerancia recíproca que hemos denunciado más arriba como
indiferencia perfecta. Si se tiene interés en hacer que los hombres actúen y
piensen de una cierta manera es, en el mejor de los casos, para la felicidad y
el bien -ya sea del individuo, de la sociedad o de ambos-, pero jamás en vista
de una causa que trascienda al individuo y a la comunidad. Con bastante
frecuencia no se trata más que del interés de éste o de aquellos que se ponen
de acuerdo en el arte de manejar a los hombres y saben servirse de este arte
para sus fines.
Así, ha
nacido en nuestros días lo que bien se puede llamar el neosofismo. El pensador
cede su lugar al propagandista, al que se satisface menos con la verdad y con
la fundamentación objetiva de una posición que con los medios de los que hay
que usar para hacer aceptable esta posición, pues no importa qué posición sea.
Ya no se trata de convencer a los hombres, hacerles aclaraciones, disipar los
prejuicios y los errores, dar un paso adelante hacia la verdad. Todo el interés
se concentra en el punto de saber si, dados
los prejuicios y los hábitos mentales de un cierto grupo, una cierta afirmación
puede ser presentada a este grupo con la suerte de ser creída: y, cuando por
ciertas razones de orden práctico es necesario que la afirmación en cuestión
sea propagada, la cuestión se plantea en cuanto a los medios a emplear para
inducir a los hombres a aceptarla. No se pone la atención -por lo menos
principalmente- en el orden objetivo, en los argumentos, en su contexto lógico
y en su racionalidad, sino que se trata de desplazarse hacia el lado subjetivo, hacia la manera por
la que los hombres rechazarán, probablemente, lo que les va a hacer sufrir, y
hacia la manera que es necesario ofrecerles para hacerles rechazar eso en el
sentido querido. La preocupación por la presentación elude la preocupación por
el contenido, la de la solidez, la de la responsabilidad intelectual. El lugar
de aquél que decide con respecto a las cosas es ocupado por el experto
psicólogo que decide con respecto a la
“naturaleza humana” y que es maestro en el arte de apoderarse de los hombres,
de manejarlos, de jugar con sus deseos y con sus impulsos, de explotar sus
debilidades. La honestidad intelectual se encuentra suplantada por la
eficacia de la propaganda. La importancia que la sociedad contemporánea
atribuye al conocimiento de la “naturaleza
humana”, tanto bajo forma “científica” como bajo otra, es significativa
del papel que esta sociedad le deja al que hace la “opinión pública” y decide
en esto, es decir, al propagandista y al demagogo. En comparación con los
neosofistas contemporáneos, los sofistas de la Antigüedad aparecen como los dilectantes en el arte de
manejar a los hombres. Las ciencias psicológicas se ponen a disposición de
aquél que quiere utilizarlas: un conjunto de conocimientos metodológicos y
sistemáticos que, al combinarse con los medios técnicos materiales de la
propaganda, constituyen una verdadera
dinamita capaz de hacer saltar todo
orden moral.
Nuestra
generación ha vivido la explosión de esta dinamita. En efecto, la práctica
propagandística, al igual que la política de los movimientos totalitarios, se
inspira en el principio de que se les
puede hacer creer a los hombres no importa qué y de que se les puede llevar a
no importa dónde, una vez sentado que se sabe apoderarse de ellos. La
literatura totalitaria está repleta de aserciones sobre que la inteligencia no
juega en el hombre más que un papel de menor importancia. Las verdaderas
fuerzas motrices son los deseos, los impulsos, las pasiones, el miedo, la
avidez, las envidias grandes y pequeñas. Para comprender al hombre y para
guiarlo, no es necesario más que mantenerse en la razón y en la inteligencia
que no surgen más que de la superficie de su existencia. Es necesario, al
contrario, descender a los subsuelos de su naturaleza, a los lugares
tenebrosos, confusos y en efervescencia, e incluso más allá de estos lugares a
las fuerzas de “la sangre y la tierra”.
Si el
hombre coincide con está imagen, ¿por qué no poner al servicio de ciertos
objetivos que se persiguen las fuerzas que determinan las acciones y la vida
del hombre? ¿Por qué no explotar al hombre, y fuera de lo convenido,
despreciarlo explotándolo? Empujado por oscuras fuerzas que se pueden
desencadenar y dirigir a voluntad, dado que se conoce el mecanismo para esto,
¿qué respeto puede reclamar este ser
para sí? ¿qué dignidad puede pretender? El hombre es un ser vital que,
en principio, no difiere tanto de los animales [-se dice]. Del mismo modo que
intervienen las fuerzas y las capacidades de los animales, del mismo modo un
conocimiento suficiente de la “naturaleza humana” permitirá servirse del hombre
para ciertos fines, los fines de una “élite”, por ejemplo. No hay nada que
pueda impedir a esta “élite” mirar a todos los que no forman parte de ella como
destinados a servir a sus fines, dado que la “élite” dispone del conocimiento
que se necesita para manejar y dirigir a los hombres, no hay nada que pueda
impedir que tenga el poder de aplicar estos medios y, finalmente, estar resuelto a usar este poder. Y éstas son
las tres condiciones que definen la “élite” y la constituyen en tanto que tal.
La
primera tarea ante la cual se encuentra esta “élite” está en llevar a
aplicación práctica el conocimiento que ella pretende tener de la
naturaleza humana. Se ha convenido en
considerar la razón y la inteligencia como de importancia inferior y limitada,
como un hecho accidental, por así decir. Su función consiste todo lo más en
inhibir y en retener las fuerzas verdaderamente motrices. Ahora bien, a veces,
el interés de la “élite” es el de desencadenar las fuerzas oscuras para
canalizarlas en una cierta dirección, más que el de inhibirlas. Para ello, es,
pues, necesario reducir la acción de este freno que es la razón y suprimirla
enteramente cuando parezca oportuno
hacerlo. De ahí estas recetas, en los capítulos sobre propaganda, de que no
hace falta dirigirse nunca a la inteligencia del público y todavía menos
despertarla, de que es necesario hablar desde el nivel intelectual más bajo
posible y jamás intentar elevarlo, de que es necesario hacer una llamada a los
“instintos” y a las pasiones, de que es necesario emplear fórmulas rígidas y
estereotipadas que, a fuerza de ser repetidas y creídas, fórmulas cuya medida
no es su verdad sino el efecto que ellas producen. Estos capítulos en la
literatura totalitaria son como un manual de la psicología aplicada, un manual
del arte de apoderarse de los hombres. Se define las mentiras que se pueden
ofrecer y la manera en cómo hay que presentarlas, los medios por los que esta
atmósfera puede ser creada en la que el nivel, tanto moral como intelectual, es
bajado hasta tal punto que se produce una histeria colectiva que pasa por la
erupción liberadora de fuerzas surgiendo de no sé qué trasfondo de profundidad.
Estamos aquí ante una técnica elaborada que puede servir y que ha servido para
transformar a un pueblo en un populacho con el cual, agitándolo y trabajándolo,
se puede hacer todo lo que se quiere y se le puede conducir a no importa dónde.
Es
incontestable que esta técnica ha dado resultados. El éxito que han conocido
los movimientos totalitarios es debido, al menos en parte, a su propaganda. ¿Lo
que este hecho prueba es que el hombre coincide, en verdad, con la imagen que
se hacen de él en estos movimientos?
Antes de responder
a esta pregunta consideremos otra. Ha habido movimientos, recientemente, cuando
una victoria del totalitarismo no era una quimera; si este movimiento hubiese
tenido continuidad, ¿tal éxito habría reivindicado las fuerzas totalitarias y
justificado sus ideologías? En el caso que estamos considerando, las ideologías
en cuestión habrían llevado a los resultados más “útiles y satisfactorios”
posibles -para aquellos que hubieran hecho uso de las ideologías. Y, en las
circunstancias que estamos comentando, ellos habrían sido los únicos que
decidirían lo que es útil y satisfactorio. ¿Es, pues, teniendo en cuenta el
hecho de que ellas hubiesen aportado satisfacción y saciedad y de que hubiesen
dado todos los resultados deseados, que las ideologías totalitarias, aparecían
como verdaderas? No podemos abstenernos de plantear esta cuestión, tan penosa
como ella sea, en presencia de teorías filosóficas según las cuales la verdad
de una concepción debe ser definida en términos de los resultados que se
obtienen al actuar y al proceder sobre la base de esta concepción. Una
concepción -se nos dice- no es verdadera, pero llega a serlo a medida que
permite concluir en resultados satisfactorios y que aportan saciedad. Si, pues,
los totalitarios hubiesen tenido éxito, ¿se
habrían convertido en verdaderas y justas todas sus ideologías en virtud de
este hecho?
Nosotros
no mantenemos que las ideologías totalitarias habrían salido por filiación
directa de doctrinas filosóficas y psicológicas contemporáneas, como si los
totalitarios hubiesen llegado a sus ideologías desenvolviendo y prosiguiendo
hasta el final las doctrinas mencionadas. No se trata aquí de una cuestión de
historia literaria, y el problema de la relación entre el totalitarismo por una
parte y el naturalismo psicologista y ciertas tendencias filosóficas
contemporáneas por otra no puede ser abordado por los métodos de la crítica
filológica. El hecho significativo que es
necesario subrayar es que los principios sobre los que se apoya el
totalitarismo y que le hacen posible son los mismos que pueden ser descubiertos
en la base del naturalismo psicologista y de la filosofía relativista. Con
toda seguridad, la dirección en la que estos principios han sido desarrollados
no es la misma de una parte y de la otra, porque los objetivos difieren.
Incluso es muy posible y hasta probable que los totalitarios hayan elaborado
sus ideologías en completa ignorancia de las tendencias filosóficas,
psicológicas y sociológicas de nuestro tiempo. Sin embargo, la identidad de los
principios fundamentales, a pesar del desarrollo diferente que se les ha dado,
es un hecho que no puede dejar de llamar la atención del observador analítico.
En razón de esta identidad, es posible,
al partir de los principios fundamentales del naturalismo psicologista y de la
filosofía relativista, llegar al
totalitarismo por una construcción puramente lógica, es decir,
desprendiendo las consecuencias que a título de virtualidad se encuentran
implicadas en estos principios. La posibilidad de una tal construcción acusa
una base o un origen lógico común al totalitarismo y a las tendencias
filosóficas y psicológicas en cuestión. Es
de esta base común, y no de una ocasional influencia, de lo que se trata.
Porque, a nuestro parecer, esta base común es el nihilismo. Es también difícil
oponer una idea verdaderamente fundamentada a las ideologías totalitarias, a
menos que se abandonen ciertas nociones tan actuales en la filosofía y en la
psicología contemporáneas. El movimiento totalitario es como la culminación del
nihilismo. Todos los elementos de éste y todas las tendencias que provienen de
él se encuentran reunidas en la ideología totalitaria. Incluso ocurre que estas
tendencias y estos elementos son llevados hasta el extremo. Ninguna de las
tradicionales vacilaciones que habían impedido ir hasta el límite y desarrollar
el nihilismo bajo una forma “pura” y radical, existen ahora en los
totalitarios. Así, es preciso ver el totalitarismo como el fenómeno más
representativo del nihilismo que ha encontrado aquí su forma más arraigada,
todas sus posibilidades y virtualidades enteramente actualizadas.
Al
admitir que hay afinidad y, quizás, una identidad entre la concepción que el
totalitarismo se hace del hombre y la que se sostiene en el naturalismo
psicologista, los defensores de éste objetarán que el totalitarismo constituye
un abuso puro y simple de la posibilidad de manejar, de dirigir, de guiar al
hombre en medio del conocimiento científico de sus modos de actuar. Por tanto,
para distinguir entre el uso legítimo y el abuso de técnicas, de métodos, de
procedimientos, es necesario un principio en relación al cual esta distinción
pudiese ser establecida. Porque este principio no puede nunca ser obtenido de
una técnica en tanto que tal. La electrónica, por ejemplo, enseña a explotar
las fuerzas eléctricas para objetivos prácticos; pero la cuestión de saber qué
uso práctico de las fuerzas eléctricas es legítimo y cuál no lo es, no surge de
la electrónica. Para responder a esta cuestión, es preciso ir más allá de la
electrónica. Lo mismo para lo que concierne a la psicotécnica en sentido
amplio. Pues en razón del nihilismo y del relativismo que dominan nuestra época
y de los que el naturalismo psicologista es una de las expresiones, ya no hay
principio bien fundado y justificado al que se pudiese recurrir para establecer
la distinción en cuestión. En efecto, si el hombre es este ser puramente vital
por el que lo tienen demasiados de nuestros contemporáneos, y si todo esfuerzo
científico no tiene por último objetivo más que aportar la satisfacción a los
deseos, a las tendencias, a los impulsos, etc., por los que el hombre es
empujado, todo se aplica a la ciencia psicológica. La necesidad de contribuir a
la felicidad del individuo y al bienestar del mayor número posible es un
objetivo práctico hacia el que puede ser orientada la explotación de las
ciencias psicológicas. La necesidad que experimenta un determinado grupo de
erigirse ellos mismos en maestros a los que están destinados a servir aquellos
que no pertenecen a esta “élite”, es otra de estas cosas. Desde el punto de
vista del naturalismo psicologista y de la filosofía relativista, simplemente
debe admitirse la existencia real de
ambas orientaciones. Todo lo más, podemos intentar explicarlas, a la una como a
la otra, habiendo recurrido a lo que se considera como la “naturaleza humana”.
Pero, desde el punto de vista del naturalismo y del relativismo, no se ve cómo
es posible llegar a un principio fundado y establecido con respecto al cual la
utilización de las ciencias psicológicas para uno de los objetivos pudiese ser
juzgada de legítima, y para el otro un abuso, salvo que uno esté apegado a los
valores tradicionales por la mera razón de que son tradicionales: una base
bastante frágil. Después de que los totalitarios hayan cuestionado, tanto en la
ideología como en la prática, toda la tradición occidental, ésta ya no puede
sobrevivir gracias a una fuerza de inercia: hay que hacerla revivir. Pero para este resurgimiento es preciso reactivar
sus principios motivadores fundamentales.
En el
momento en que estas páginas están escribiéndose [1942-43], se tiene la
certidumbre de que el totalitarismo sucumbirá bajo la presión de fuerzas
externas. Alegrándonos totalmente ante esta perspectiva, es necesario, sin
embargo, darse cuenta de que no es suficiente derrotar el totalitarismo, sino
que la cuestión está en saber lo que nosotros hemos de oponerle para reconstruir el mundo occidental. El hecho
mismo de que un tal movimiento haya podido nacer, de que haya podido
extenderse, de que haya podido conquistar tantas naciones grandes y pequeñas,
plantea un problema que concierne a todos los individuos y a todas las naciones
que pertenecen al mundo occidental, las que han caído víctimas de este
movimiento al igual que las que han tenido la buena fortuna de escapar a esta
suerte. Este problema es el de nuestra existencia misma en cuanto occidentales.
La guerra
actual está hecha para impedir que la institución de la esclavitud no sea
restablecida. Se hace, pues, en nombre del principio de la igualdad de todos los hombres y de todas las naciones. El
enunciado de este principio, ¿de qué naturaleza es? ¿Se trata de una
constatación de hechos? Ateniéndose a los hechos, no se puede hacer más que
constatar la existencia de semejanzas y diferencias entre los hombres. ¿Con qué
derecho se insiste, pues, en las semejanzas y se proclama la igualdad de los
hombres en vez de acentuar las diferencias y de extraer la desigualdad? Una de
las conclusiones no parece ni más fundada ni menos arbitraria que la otra. ¿Se
dirá que el número de semejanzas prevalece sobre el de las diferencias? Pero el
principio de la igualdad de los hombres, bajo la forma y la base en que haya
sido proclamado, no lo ha sido jamás sobre la de una estadística -ni puede uno imaginarse cómo tal estadística
podría ser establecida con una exigencia de que se realice del todo. Pero
supongamos por un instante que se encuentra un medio de hacer una tal
estadística y que ésta da como resultado la preponderancia de los parecidos
sobre las diferencias. Entonces, la cuestión viene a plantearse sobre las conclusiones a sacar de
este resultado. Se puede imaginar que los representantes de un cierto grupo, al
admitir del todo el resultado de la estadística, insistirán, sin embargo, sobre
los rasgos o marcas distintivos que caracterizan al grupo en cuestión. El hecho
-dirán- de que el número de los parecidos prevalece sobre el de las diferencias no hace
desaparecer estas últimas; y éstas son las que cuentan. Hay sin duda parecidos
entre el hombre y los animales y quizás el número de parecidos prevalece aquí
también sobre el de las diferencias. (Con esta
manera de razonar, no se puede esperar, por parte de los totalitarios,
que dejen de buscar hechos que surgen
del reino animal para sacar de ahí conclusiones de aplicación a las cosas
humanas). Sin embargo, la existencia de parecidos y su eventual preponderancia
no le impiden al hombre someter a los animales y explotarlos para sus fines. Es
que a pesar de todos los parecidos el hombre tiene una cierta superioridad con
respecto a los animales, y esta superioridad se funda justamente en diferencias
que le separan de los animales, tan
grande o tan pequeño como
sea el número. De modo completamente similar-insistirán
los que representan a un cierto grupo o se arrogan la representación-, aunque
pudiese ser verdadero que los hombres se parecen en cuanto a la mayor parte de
sus rasgos, el grupo en cuestión se distingue, a pesar de todo, por una cierta
marca distintiva, más o menos especificada, que le asegura la superioridad con
respecto a todos los otros agrupamientos humanos. Esta superioridad tiene,
pues, un fundamento en los hechos mismos.
Dar una
expresión política a esta superioridad es, en consecuencia, restablecer el
estado natural que ha sido corrompido [-se dice-] bajo la influencia de
ideologías perversas. La igualdad entre los hombres se transforma así en
igualdad de los inferiores ante el grupo-“élite”. Si éste intenta volver a
poner a los inferiores en su lugar -el que les conviene a ellos- e imponerles la
función a la que la propia naturaleza les ha destinado -a saber, la de servir
de esclavos al grupo-“élite”- no de
distinto modo a como los animales sirven a los hombres, el grupo-“élite” no
hace más que actuar conforme a las “leyes de la naturaleza”. Así, todos los
medios empleados en vista de este objetivo hallan su justificación. Nos
encontramos aquí de nuevo desarmados ante el totalitarismo. Esta reflexión hace
resaltar que es imposible establecer el principio de la igualdad entre los
hombres y entre las naciones, en tanto en cuanto basemos nuestros argumentos
sólo en los hechos, en los parecidos, en las diferencias, etc. Aunque se puede
tener éxito al derribar el totalitarismo por la fuerza, la cuestión se plantea
de nuevo en cuanto a la idea por la que se le puede ganar moralmente.
Para un
hombre que vivía en la época de la Revolución Francesa, esta dificultad para
establecer el principio de la igualdad humana no existía. De hecho, un hombre
del siglo XVIII se apoyaría en la definición clásica según la cual el hombre es animal racional. Al ser un ser vivo, el hombre se caracteriza
y se distingue por el hecho de estar dotado de razón. Es, pues, la presencia de
la razón lo que determina la naturaleza específica del hombre y lo constituye
tal como es. Ante esta determinación esencial y constitutiva de la naturaleza
del hombre, todos los parecidos y todas las diferencias que existen entre los
hombres y que son algo que se puede constatar empíricamente (sin llegar a ser
totalmente exhaustivos), caen en insignificancia total. Al trasladarse a la
tradición clásica, el contemporáneo del siglo de la luz habría invocado la
forma que Descartes le había dado a la concepción clásica, a saber, que el “bon sens” o la razón “es la cosa del
mundo mejor repartida”; tan bien “repartida que está toda entera en cada uno”.
De este modo, se encuentra establecida en el género humano una unidad y una
solidaridad (o “fraternidad”, por hablar el lenguaje de la Revolución Francesa)
verdaderamente merecedora de este nombre. Esta unidad y esta solidaridad, esta fraternidad,
consisten en que -para formularlo en los
términos de Kant- todo hombre es para todo otro hombre representante de la idea
de la humanidad, una idea para la que la
razón es constitutiva. El postulado de la igualdad política se revela,
pues, como una consecuencia de esta concepción de la naturaleza del hombre. De
hecho, si el hombre se distingue de todos los otros seres vivos por la posesión
de la razón y ésta es la marca distintiva y constitutiva de la existencia
humana, el problema que se plantea es el de organizar la sociedad en una
sociedad de seres racionales. En otras palabras, las instituciones públicas, es
decir, políticas, deben ser tales que correspondan a la naturaleza esencial y
constitutiva del hombre. Puesto que ante la razón todos son iguales, ya que la
razón “está toda ella en cada uno”, a
su vez se debe a la presencia de la razón el hecho de ser hombre. De ahí la
igualdad de todos ante los productos de la razón, por tanto, ante la ley, que
es uno de sus productos.
Fundando
la igualdad política sobre esta base, el hijo de la época, tan noble y tan
ilustre como era el siglo XVIII, habría tenido cuidado en insistir -siguiendo
todavía la doctrina de Descartes- sobre la diferencia profunda y decisiva entre
el “bon sens” y el “sens commun”. El “bon sens”, sinónimo de la razón, no es nada menos que el conjunto
de las opiniones (doxa) corrientes en un cierto período o en un
cierto medio social. Hacer uso del “bon
sens”, comprendido éste con la significación específica que Descartes le ha
dado a este término, es, pues, enteramente una cosa diferente que probar el “sens commun”, es decir, que adherirse a
la opinión común, abrazar los prejuicios comunes, pensar como todo el mundo
porque todo el mundo piensa así. Si la determinación esencial y constitutiva de
la naturaleza del hombre consiste en la presencia de la razón, y si es de esta
presencia de la que el hombre obtiene su dignidad en tanto que ser humano -y,
¿de qué otra fuente podría obtenerla?-, este título de nobleza le impone
obligaciones. El hecho de poseer la razón obliga al hombre a seguirla, puesto
que de otro modo se pondría en contradicción con su naturaleza humana, con la
condición misma de su existencia como hombre. El hecho de que el hombre tenga,
en principio, acceso a la verdad le liga a la persecución activa de ésta.
Debido a la razón, el hombre está obligado a desplegarla en sí mismo y a
realizarla. Se trata, pues, de la obligación de no seguir el “sens commun”, sino al contrario, de
examinar los enunciados de ella a la luz del “bon sens”, en la acepción cartesiana de esta palabra. Poco importa
si las opiniones a someter al juicio de la razón son las del individuo o, si le
vienen del medio social en el que, con mucha frecuencia, son corrientes y están
reforzadas por los artificios de la propaganda y del reclamo. Es la obligación
del hombre adecuarse a la razón que excluye y prohibe el conformismo. Por el hecho de que la presencia de la razón
define y constituye su naturaleza, el hombre se encuentra en la obligación de
coincidir con la razón. El hecho de que el hombre deba su existencia en tanto
que hombre a la posesión de la razón entraña para él el deber moral de la
integridad intelectual. No es necesario ver en la razón un órgano de la crítica
únicamente. Contrariamente a la perspectiva contemporánea según la cual la
razón no tiene más que una función de inhibición y de control, los hombres del
siglo XVIII le atribuían una importancia totalmente de primer orden para la
productividad humana. En efecto, la
razón es a la que el hombre le debe todo lo que posee en fuerzas creadoras y la
que es la fuente misma de su productividad. Ligado a lo que él posee por lo que
le define, el hombre se encuentra en la obligación de poner su posesión a
funcionar activamente, es decir, de establecer y de elaborar el sistema de la
razón, más precisamente, los diversos sistemas de la razón: razón científica, razón política, etc. Se comprende el
entusiasmo tan noble y tan elevado del que el siglo XVIII era un testimonio en
relación a toda empresa científica. No se consideraba la ciencia como un
instrumento al servicio de funciones y de intereses vitales y de los que la
única
raison d´être consistiría en aportar satisfacciones. En el siglo de
la luz, la ciencia aparecía como la realización de la razón; por consiguiente,
también como la realización de la propia naturaleza humana. Si la propia
ciencia tiene resultados útiles, estos contribuyen a reformar la condición
humana de modo que hacerlo corresponde al estado del hombre en tanto que ser
racional. Detrás del impulso que ese siglo glorioso sentía de acometer
cualquier reforma racional, está el entusiasmo del hombre que ha llegado, por
fin, a encontrar su verdadera naturaleza y a tomar conciencia de ella.
Bajo la
perspectiva de este enfoque racionalista del hombre, la “discusión” recibe toda
su significación. El hecho de que la razón es constitutiva de la naturaleza del
hombre no preserva al individuo de la mala suerte posible de caer en errores.
Para evitar esta eventualidad, el pensador individual intenta confrontar los
resultados que él espera con las conclusiones a las que sus semejantes han
llegado. La discusión es una empresa en la que están implicados los seres
racionales con vistas a confirmarse o a corregirse mutuamente. La discusión
presupone que todos los que participan en ella estén orientados hacia la razón,
hacia la verdad, dicho brevemente, hacia la epistéme,
que intenten alcanzar claridad y certidumbre acerca del problema en
cuestión más que hacer valer opiniones. La discusión no tiene sentido a no ser
que los participantes estén dispuestos a
entrar en los argumentos presentados, a analizarlos y a examinarlos, a desvelar
lo que está implicado en estos argumentos y lo que de ellos se sigue, y a no
ser que se presten a someter sus argumentos a la propia crítica. La condición
de la discusión es, pues, que los participantes estén dispuestos a convencer y
a dejarse convencer por la fuerza de los argumentos, pero que, en revancha, no
se recurra más que a la fuerza de los
argumentos, y no a los artificios de la persuasión. El relativismo nihilista
según el cual no hay más que opiniones entraña la tolerancia-indiferencia ya
mencionada: se intenta disimular las diferencias, estar de acuerdo -por lo menos, se finge estar de acuerdo. En
la discusión dirigida desde el interés por la verdad y desde la orientación
hacia la epistéme, al contrario: las diferencias entre las posiciones en juego
aparecerán bajo una forma acentuada. Esta discusión podrá ser encarnizada y apasionada;
pero será siempre la pasión por la verdad lo que la anima.
Sobre
esta base racionalista, puede haber ahí verdadera tolerancia por oposición a la
tolerancia-indiferencia. La verdadera tolerancia nace de la conciencia de estar
expuesto a posibles errores. Pero ella es mucho más que una medida de
precaución. Es la expresión de respeto por la razón la que se encuentra
incorporada en la persona del otro, y la que es la misma que ésta por la cual
se ha constituido a sí misma. En otras palabras, la tolerancia que merece este
nombre expresa el respeto sobre el que se apoya la tendencia hacia la epistéme
en tanto que tendencia así orientada. La verdadera tolerancia tiene, pues, su
raíz en el respeto que uno tiene por sí mismo, en tanto que uno toma conciencia
de sí mismo como ser racional que se inspira en la tendencia hacia la epistéme. Nace de la conciencia que se
toma de sí como representante de la idea de la humanidad. Se sigue de esto que
la tolerancia presupone que la posición para tolerar esté orientada hacia la epistéme, pero que la tolerancia no se
aplique a las opiniones en tanto que tales.
IV
Al
admitir que fue tal la posición del siglo XVIII, se objetará, quizás, que
nosotros vivimos en un período bien diferente y que nuestra situación histórica
no nos permite retornar a esta posición. Es incontestablemente verdadero que
hay una profunda diferencia entre nuestro período y el de la víspera de la
Revolución Francesa; esta diferencia es exactamente la que separa al nihilismo
del racionalismo. Sin embargo, no deberíamos considerar que la diferencia
fundamental de “clima” entre nuestra época y la Ilustración consiste en “progreso”. Al final del proceso que nos ha llevado al
punto en el que nos hallamos, está el proyecto
-éxitosamente llevado a cabo- de
exterminar naciones enteras y de reducir otras a la esclavitud. Un tal proyecto
era totalmente ajeno no sólo al siglo XVIII, sino incluso a todos los siglos de
la historia occidental -un hecho que debería hacernos más cuidadosos al hablar
de “progreso”.
Incluso,
si uno acude a la situación histórica que existe de hecho, sin invocar la idea
del “progreso”, la conclusión de que esta situación nos hace imposible retomar
la posición racionalista de los siglos XVII y XVIII es profundamente errónea.
Una situación histórica es un hecho dado; y que el nihilismo es un hecho
histórico y quizás la marca más característica de nuestra época no puede
ponerse en duda. Como todo hecho histórico, el nihilismo ha salido de ciertos
orígenes, en el curso de su desenvolvimiento, ha recorrido ciertas fases
tomando en ellas formas que han sido acentuadas progresivamente, ha dado lugar
a ciertos efectos, etc. El conjunto de estos hechos puede convertirse en un
objeto de la investigación histórica. Podemos remontarnos a las fuentes de las
que ha brotado el nihilismo, podemos aislar los factores que han contribuido a
su nacimiento y a su desenvolvimiento, podemos analizar el juego de diversos
mecanismos y seguir el proceso de la evolución del nihilismo. Cualesquiera que
sean los descubrimientos que hiciéramos en un estudio así -y hay seguramente
descubrimientos muy interesantes a hacer-, lo que no se descubrirá es una
fatalidad que nos haya forzado a caer en el abismo del nihilismo. La misma
razón que puede comprender históricamente una situación dada, puede también
estimular la voluntad; puede esclarecer y guiar la acción, incluso una acción
que tienda a cambiar radicalmente la situación dada. Pero atribuir a una
situación histórica fuerzas de violencia y de coerción, por la única razón de
que esta situación existe de hecho, esto no es más que mitología pura y simple.
En efecto, el hombre no coincide con la imagen que el nihilismo presenta de él. El hombre no es un ser impotente, empujado por impulsos ciegos, abandonado al juego de fuerzas mecánicas que se le imponen, sometido, sin defensa posible, a las situaciones y a las constelaciones históricas, sociales, etc. Todo al contrario, el hombre cuenta con la posibilidad del conocimiento. Puede poner una distancia entre sí mismo y la situación histórica dada; puede considerarla y analizarla; puede comprender el funcionamiento de los diversos mecanismos que juegan un papel en esta situación; en pocas palabras, puede observarla a la luz de un sistema de razón y de racionalidad. El hombre está tan lejos de simplemente tener que sufrir la situación en la que se encuentra envuelto, está tan poco sujeto a ella, que puede tomarla como objeto del conocimiento. Es esta posibilidad del conocimiento en donde aparece y reside la libertad del hombre. Un ser que lo único que puede hacer es sufrir lo que a él llega es ciertamente una