LA ULTIMA OBRA DE EDMUND HUSSERL[1]
(Traducción de E. Vera Villalobos)
1. Caracteres generales del
mundo vital
Bajo el impacto de la ciencia
moderna, tal como la inaugurara Galileo, el mundo vital, es decir, el
mundo de la experiencia corriente, ha sido desplazado por el universo
objetivamente verdadero y válido de la ciencia, el cual, para el pensamiento
del hombre occidental moderno, hace las veces de realidad. En tanto que ningún
ente "objetivo" —objetivo en el sentido científico— es en principio
accesible a la experiencia directa e inmediata en el sentido propio del
término, el mundo vital, en cambio, se presenta, actual o virtualmente, en
dicha experiencia, ora en la experiencia perceptual, ora en sus formas
derivadas, tales como la memoria, la representación, la imaginación, etc. Dado
que el universo de la ciencia resulta ser un tejido de construcciones ideales
o, como lo expresa Husserl, una superestructura
lógico-teorética ("theoretisch-logische Substruktion"), su
concepción y su aprehensión tienen la misma naturaleza que las de cualquier
idea infinita, tales como las ideas geométricas. La construcción del universo
de la ciencia implica, en cuanto realización mental, determinadas operaciones
especificas, y fundamentalmente la idealización. Indudablemente, la
idealización presupone los materiales a idealizar. En virtud de su sentido
intrínseco de superestructura, el universo de la ciencia se apoya y es
construído sobre un fundamento. Este fundamento no es otro que el mundo vital y
la evidencia de la experiencia corriente; entendiéndose por evidencia —como en
todos los escritos de Husserl— la presencia corporal, el "darse en sí
mismo" del objeto en cuestión. Toda verdad teorética —lógica, matemática,
científica— encuentra su convalidación y justificación últimas en evidencias
referidas al mundo vital. Si Husserl atribuye a las evidencias del mundo vital
un status privilegiado respecto de las evidencias de la teoría objetiva
y científica, lo hace teniendo en cuenta que éstas se fundan sobre aquéllas. Es
decir: las operaciones cuyos productos y correlatos constituídos son la teoría
objetiva y el universo objetivo de la ciencia, presuponen aquellos actos de la
conciencia por medio de los cuales el mundo vital aparece como pre-dado y como
constantemente presente; o sea, como teniendo existencia independiente y anterior
a toda actividad científica. Por lo tanto, para lograr una clarificación última
del universo de la ciencia, es preciso volverse hacia el mundo vital y
descubrir el papel que desempeña, en diversos sentidos, en la construcción y
constitución de la ciencia.
Toda reflexión filosófica radical
debe comenzar por hacer explícito el "presupuesto" que sustenta toda
nuestra vida y nuestras actividades. Este "presupuesto" es la
aceptación incuestionada y hasta inexpresada del mundo en que nos encontramos y
con el cual estamos en trato constante. En todos los instantes de la vida, de
una manera o de otra, estamos en contacto con cosas, animales, hombres, etc.,
que se nos presentan como existentes mundanales, y nos concebimos a nosotros
mismos como perteneciendo al mundo. Ninguno de esos existentes se da jamás
aislado. Cada uno de ellos está referido a un contexto en el cual se articula;
cada uno de ellos aparece comprendido dentro de un horizonte omnicomprensivo y
de extensión indefinida: el horizonte del mundo. A diferencia de los existentes mundanales individuales, que pueden
aparecer o desaparecer, el mundo está constantemente presente ante
nuestro espíritu como campo universal de todas nuestras actividades reales o
posibles, cualquiera que sea su naturaleza. El mundo siempre aparece como
pre-dado, vivir significa vivir en el mundo; y todo ello se debe a que el
mundo se anuncia junto con la aparición de cualquier existente mundanal
particular. La conciencia inarticulada o inexpresada del mundo rodea todas
nuestras actividades y participa de ellas como su "premisa" o "presupuesto"
más general, si bien inexpresado. De modo que el mundo, al que aceptamos sin
más en silencio, resulta ser el terreno sobre el cual desarrollamos todas
nuestras actividades cualquiera sea su orientación.
Claro está que el mundo comprende
la naturaleza. La naturaleza a que aquí nos referimos es, por supuesto, la que
se da en la experiencia directa e inmediata, y no la naturaleza idealizada de
la fisica. Sin embargo, el mundo es algo más que mera naturaleza. Entre los
existentes que nos rodean hay no solamente cosas naturales (es decir, objetos
que pueden ser descriptos por medio de su color, forma, tamaño, peso, etc.),
sino también instrumentos, libros, objetos de arte —es decir, objetos que
tienen significación humana, que están al servicio de los fines y propósitos
humanos, y que satisfacen deseos y necesidades humanos. Como el mundo contiene
objetos de esta clase y, por tanto, constituye el marco de nuestra existencia
humana, lo llamamos nuestro "mundo vital".
Dentro del mundo vital nos
encontramos con otros hombres, y damos por supuesto que no sólo existen en el
mundo sino que también tienen conciencia del mundo, que se ven enfrentados con
las mismas cosas y los mismos objetos que nosotros —si bien esos objetos y el
mundo en general pueden aparecérsenos a cada uno de nosotros bajo diferentes
aspectos y perspectivas. En efecto, una de las certezas incontestables y hasta
inexpresadas de nuestra experiencia corriente es la de que el mundo es uno y el
mismo para todos los hombres: un mundo intersubjetivo común.
Frente a los semejantes con que
nos encontramos en el mundo común, podemos adoptar respecto de ellos, y ellos
respecto de nosotros, la actitud de observadores apartados y desinteresados, o
bien entrar los unos con los otros en las múltiples relaciones de cooperación y
colaboración. En este último caso no sólo vivimos en el mismo mundo sino que
también vivimos, funcionamos y actuamos en él juntos y corporativamente;
anudamos y entrelazamos nuestros propósitos, proyectos y actividades con los de
ellos en profunda trabazón recíproca. Si el mundo adquiere el carácter de
“mundo vital” debido a su relación con la vida humana, esa relación no lo
vincula sólo con individuos, sino también, y aun en primer término, con
comunidades históricas cuya vida societaria consiste en una interrrelación y
articulación de pensamiento y acción en diversas formas. El término
"mundo vital” tiene una connotación esencialmente histórico-social: el
mundo vital debe entenderse en función de una sociedad determinada en un
momento dado de su historia; debe ser aceptado tal como lo concibe la comunidad
histórica a la cual corresponde —por ejemplo, según la interpretación
mágico-mítica, si se trata de las sociedades y civilizaciones que no han
recibido la influencia de la idea griega de la filosofía y la Θεωρία [theoria: contemplación, especulación].
Sea que actuemos por nuestra cuenta, o que, en cooperación con otros,
emprendamos tareas comunes, las cosas y objetos con que nos encontramos,
nuestros planes y propósitos, y, en fin, el mundo en su totalidad, se nos presentan
a la luz de las creencias, opiniones, concepciones y certezas vigentes en la
comunidad a la que pertenecemos. (Entendiendo el término "comunidad"
en el sentido más amplio y comprensivo, que denota el conjunto de la
civilización histórica a la que pertenecemos, o también en el sentido más
restringido de grupo especial dentro de una sociedad; por ejemplo, el grupo de
los hombres de ciencia, de los médicos, de los artistas o de los filósofos
contemporáneos). El mundo vital resulta ser la base de nuestra existencia; una
base que aceptamos sin hacernos cuestión de ella, como anterior y preexistente
a todas nuestras actividades, individuales y colectivas, y que es el
presupuesto de todas estas actividades. Sobre esta base común, los hombres nos
encontramos en relación con los demás hombres como existentes mundanales.
Además de ser objetos en el mundo vital, somos al mismo tiempo sujetos
respecto del mundo vital, en la medida en que éste recibe su significación
y el sentido de su existencia de nuestra vida espiritual colectiva, de nuestros
actos (entrelazados con los de nuestros semejantes) de percepción, de
razonamiento, de experiencia, de conducta intencional, etc. Las realizaciones
colectivas se incorporan al mundo vital: éste no es sólo tal como lo concibe la
comunidad respectiva, sino que comprende asimismo todas las creaciones de ésta,
materiales y espirituales. En el transcurso de la vida de una comunidad, en el
entrelazamiento de las actividales de sus miembros, su mundo vital sufre
transformaciones, cambios, reinterpretaciones, etc. Al reflexionar sobre esto
último nos damos cuenta de que el mundo vital es una conquista espiritual
("geistiger Erwerb") en desarrollo constante; es decir, descubrimos
su carácter histórico y su esencial relación respecto de una comunidad
viviente.
2.
La ciencia como conquista cultural dentro del mundo vital
La labor cientifica debe contarse
entre las actividades colectivas a las que hemos aludido. Einstein —recuerda
Husserl— se apoya en los experimentos de Michelson. Cuando el fisico A alude a
los trabajos del físico B, es evidente que no se está refiriendo a ninguna
construcción psíquica o, más bien, psicofísica, capaz de revelar a B "tal
como real y objetivamente es en sí"; lo cual no excluye la posibilidad de
que A y B, así como el laboratorio, los instrumentos que utilicen, los libros y
papeles, etc., sean sometidos a una investigación al modo de las ciencias
positivas objetivas. Para el fisico A, B es ante todo un colaborador que vive
en el mismo mundo, que comparte con él ciertos intereses, y se dedica a tareas
semejantes. Encontrándose con B en un mismo mundo vital, y en comunión con él
gracias a sus objetivos y orientaciones mentales comunes. A trata de abarcar y
comprender las ideas de B; se las apropia, o, si lo cree necesario, las
modifica: utiliza los resultados alcanzados por B como premisas para llegar a
nuevas conclusiones, o los aprovecha de algún otro modo en sus investigaciones,
para después ofrecer su propia labor a la consideración de sus colegas, quienes
la estudiarán, la criticarán, y así sucesivamente. La ciencia es un producto
orgánico de este juego recíproco de las actividades mentales de los miembros de
la comunidad científica, la cual, por supuesto, comprende no sólo a los
cientificos contemporáneos, sino también a sus predecesores, que han sentado
las bases sobre las que se apoya la investigación actual; se trata, además, de
una comunidad abierta, en el sentido de que la tarea realizada hasta el momento
presente será continuada por las generaciones futuras. Este juego recíproco
consiste en una especie de debate general, en la crítica mútua, en la
confirmación y en la rectificación de los resultados obtenidos; todo ello con
el propósito de llegar a un acuerdo justificado. La ciencia se presenta,
entonces, como una conquista cultural colectiva, no muy diferente, en
principio, de los productos de otras actividades culturales. Refiriéndose a la
labor científica, Husserl habla, deliberadamente, de una práctica de
carácter especial, a saber, de la práctica teorética ("theoretische
praxis").
Si se quiere dar cuenta de la
ciencia, aclarar su sentido, es preciso examinar y analizar las funciones y
operaciones del espíritu que intervienen en la elaboración de la ciencia, y las
distintas maneras en que se produce el juego recíproco y la vinculación
intersubjetiva de las actividales espirituales. Puesto que las ciencias del
espíritu ("Geisteswissenschaften") estudian la vida espiritual del
hombre y las creaciones que en ella se originan, la ciencia al estilo
galileano, en cuanto producto del espíritu humano, está comprendida dentro de
la esfera de las ciencias del espiritu [2]. "Naturaleza objetiva", "naturaleza tal
como realmente es en sí", no deben interpretarse como expresiones
referentes a una realidad que se esconde por detrás o por debajo de los
fenómenos que se dan en el mundo vital, a una realilad oculta susceptible de
revelarse por medio de métodos y técnicas adecuadas. Más bien, denotan la idea
de una tarea intersubjetiva infinita, una idea hacia la cual orientan su labor
los miembros de la comunidad cientifica, y a la que se van aproximando los
resultados de las actividades que cumplen en vinculación reciproca. Esos
resultados son las teorías científicas que jalonan las etapas sucesivas del
proceso histórico de la ciencia.
Como todas las actividades
culturales, la labor científica se desarrolla en el mundo vital. Los problemas
científicos surgen dentro del mundo vital y se refieren a ciertos aspectos del
mismo, aislados por abstracción, tales como el aspecto espaciotemporal o el
aspecto corpóreo. Constantemente el hombre de ciencia aprovecha los sucesos que
ocurren en el mundo vital, en el cual realiza sus experimentos, encuentra sus
instrumentos, lee sus indicadores, etc. Pero una cosa es aprovechar tales
sucesos en la elaboración de teorías científicas, y otra muy diferente concebir
e interpretar esos mismos sucesos desde el punto de vista científico. Para el
hombre de ciencia, el laboratorio en el que trabaja es un lugar de estudio y de
investigación. Se le aparece en función de la actividad humana específica a la
que está destinado; no le interesa averiguar como sería el laboratorio
"tal como es realmente en sí”, de acuerdo con una explicación científica
universal de todos los fenómenos, como tampoco ve a sus colaboradores como sistemas fisicoquímicos. El fin que
pretende alcanzar el quehacer científico también está referido a la
existencia humana en el mundo vital; es uno entre los diversos fines que
perseguimos en nuestra actividad colectiva y por medio de nuestras actividades
intersubjetivamente vinculadas. Es un fin de carácter específico, pero también
lo son todos los fines hacia los que se orienta nuestra vida cultural. El fin
específico que persigue la actividad científica consiste en desarrollar, tanto
en su alcance cuanto en su precisión, las posibilidades de predicción e
inducción infinitamente más allá de las que tiene la experiencia común
precientífica, o, como lo expresa Husserl, en reemplazar el "conocimiento"
(entendido como aquella familiaridad que tenemos con los objetos del mundo
vital en nuestra vida corriente, y que nos es suficiente para satisfacer
nuestras necesidades prácticas y para orientarnos en el mundo vital), por
conocimiento en sentido estricto, concebido en función de las ideas de
"verdad objetiva" y del "ser tal como realmente es en sí”. Una
vez más, como ocurre con todas las actividades culturales, los resultados y
productos de la labor científica se sobreañaden al mundo vital. Apenas es
preciso recordar que la existencia de la ciencia y de las teorías científicas
forma parte de la realidad histórico-cultural del hombre occidental moderno,
es decir, de su mundo vital. Esto no significa, como se ha entendido
tradicionalmente, que el universo construído por la ciencia sea la realidad
verdadera, destinada a desplazar al mundo vital. Implica, sin embargo, entre
otras cosas, que para el hombre occidental la naturaleza, tal como se da en la
experiencia ordinaria, aparece como susceptible de interpretación y explicación
científicas y, por tanto, se le aparece bajo esa perspectiva.
El mundo vital resulta ser el
fundamento sobre el cual se erige el universo de la ciencia como una
superestructura; la evidencia específica de la ciencia lógico-matemática
está referida, por su propia esencia, a la evidencia que se da en la
experiencia ordinaria. Ello no significa que el mundo vital deba ser
considerado como un mero punto de partida para trasladarnos a otra esfera del
ser. Parecería que hubiera dos clases de verdad: por un lado, la verdad
subjetiva y relativa vinculada con situaciones prácticas en el mundo vital; por
el otro, la verdad objetiva y científica que, a pesar de estar referida a la
primera, no es afectada en su validez intrínseca por tal referencia. Sin
embargo, insiste HusserI, el mundo vital realmente participa en la elaboración
de la ciencia; el mundo vital nos es dado, y nosotros mismos experimentamos
que vivimos en él, estemos o no dedicados a tareas científicas. La humanidad ha
existido y ha vivido en otros mundos vitales, antes de que surgiera la ciencia
en el sentido moderno. En cambio, la ciencia moderna forma parte del mundo
vital propio del hombre occidental. Las ideas de "verdad objetiva" y
de "ser tal como realmente es en sí", mediante las cuales se pretende
superar la relatividad y la subjetividad de la experiencia corriente,
pertenecen ellas también, en la medida en que orientan y dirigen aquella
actividad humana especial que HusserI llama "práctica teorética" al
dominio del espíritu, de lo subjetivo y, por tanto, de lo relativo.
Al comienzo pudo haber parecido
que señalábamos el problema del mundo vital para lograr una clarificación
filosófica de la ciencia. Vemos ahora que la filosofia de la ciencia,
cualquiera que sea su importancia, abarca meramente un tema parcial o especial.
El mundo vital se revela no sólo como un tema por derecho propio, sino también
como el tema más universal y, por tanto, como el tema supremo.
3. Las estructuras invariables
del mundo vital
Una ciencia del mundo vital que
respete su rasgo específico y que lo acepte tal como se presenta en la
experiencia directa (debiendo aquí entenderse el concepto de experiencia en el
sentido de la vida precientífica, y no en función de los datos
sensoriales) no puede ser, evidentemente, una ciencia de tipo galileano, en la
cual una superestructura teorética lógico-matemática desplace al mundo vital.
En primer lugar, según HusserI, tenemos que realizar una "epoché" respecto
de la "ciencia objetiva" [3]. Esto no significa
que debamos desconocer la existencia de la "ciencia objetiva", ni
hacer como si viviéramos en un mundo del cual estuviera ausente la
"ciencia objetiva". No significa negar ni dudar de la validez de ese
tipo de ciencia. La "ciencia objetiva", sus conquistas y sus
resultados siguen siendo lo que siempre han sido, a saber, hechos culturales
pertenecientes a nuestro mundo vital. Estamos muy lejos de perder nuestro
interés por la "ciencia objetiva". Sin embargo, en virtud de la epoché, nos abstenemos de "movilizar"
ese interés; lo suspendemos, lo desconectamos. Nos abstenemos de dedicarnos a
la "ciencia objetiva"; adoptamos la actitud de observadores
desinteresados, neutrales respecto de ese quehacer. Tal actitud no consiste
solamente en abstenernos de aceptar la validez de las teorías de la
"ciencia objetiva" sino también en abstenernos de adoptar posición alguna
respecto de la validez o la falsedad de tales teorías; la duda y la
negación, en cuanto que son posiciones específicamente críticas, quedan así excluídas.
Las teorías válidas de la "ciencia objetiva" siguen conservando su
validez para nosotros. Pero en virtud de la epoché las consideramos
meramente "aceptadas como válidas", y nos abstenemos de apoyarnos en
esa "validez aceptada", la que estamos tan lejos de utilizar como de
impugnar. Ninguna teoría, ningún resultado, ningúna afirmación de la
"ciencia objetiva" podrán ser utilizados en nuestros razonamientos
como verdades establecidas, como puntos de partida, premisas o argumentos de
ningúna especie. Naturalmente, la epoché comprende no sólo a las teorías
y conclusiones sino también a la idea misma de "ciencia objetiva".
Sin perder de vista esta idea como fuerza directriz de nuestra vida cultural,
no nos dejaremos impulsar ni determinar por ella.
Esta epoché nos permite
aceptar el mundo vital "al pie de la letra", tal como lo vivimos,
como nuestra realidad histórico-cultural, sin interpretarlo en función del
"ser tal como realmente es en sí", y sin sustituirlo por éste. Con
todo, la idea de una ciencia general del mundo vital parecería enfrentar una
dificultad insalvable. Una ciencia semejante, aunque no sea de estilo
galileano, debe reconocer algún modo de objetividad y de validez que le sea
propio; debe elaborar métodos que le permitan afirmar proposiciones verdaderas
y fundadas, es decir, proposiciones que resulten concluyentes y convincentes
para cualquiera que aplique esos métodos. Esto, sin embargo, parecería ser
incompatible con la esencial referencia de todo mundo vital a una comunidad
determinada y aún a una etapa determinada de la historia de esa comunidad.
¿Será necesario elaborar una ciencia propia para cada uno de los innumerables
mundos vitales? ¿Es posible una ciencia general del mundo vital en cuanto
tal?
A pesar de su relatividad, el
mundo vital exhibe una estructura invariable, o, más exactamente, un armazón
estructural invariable, dentro del cual se mueven los elementos relativos y
variables. Independientemente de la "ciencia objetiva", y con
prelación a ésta, el mundo vital se presenta como extendido en el espacio y en
el tiempo. Tal espacio es, por supuesto, el que experimentamos y habitamos, y
no un espacio matemático: no contiene entes geométricos ideales (puntos,
pianos, etc.), no es infinitamente divisible, no forma un continuo infinitesimal,
etc. Lo mismo cabe decir respecto del tiempo. En el mundo vital encontramos
cosas corpóreas, pero que no son cuerpos en el sentido de la geometría o de la
física. Por último, el mundo vital exhibe cierta causalidad, no en el sentido
de las leyes naturales formuladas en ecuaciones de dependencia funcional, sino como regularidad, uniformidad típica, tipicidad
de comportamiento. Como lo expresa Husserl, las cosas tienen sus
"hábitos" ("Gewohnheiten"), en virtud de los cuales se
comportan de manera semejante bajo
condiciones típicamente semejantes.
Notemos que las categorías
propias del mundo vital, que expresan sus estructuras invariables, son
designadas por los mismos términos con que se designa a las categorías
objetivas propias de las ciencias apriorísticas, tales como la lógica, y las
diferentes ramas de la matemática. La identidad de designaciones no debe
ocultarnos la diferencia que existe entre el a priori del mundo vital
("lebensweltliches Apriori") y el a
priori objetivo. Lo que sí indica esa
identidad de designaciones es la manera esencial en que el a priori objetivo
está referido al a priori del mundo vital como fundamento de aquél.
Sobre la base del a priori del mundo vital se construye el a priori objetivo
mediante una operación de idealización. Al plantear el problema del origen de
la geometría, Husserl insiste, en consecuencia, sobre la necesidad de que las
investigaciones histórico-intencionales tomen como punto de partida el
contenido invariable de las configuraciones espaciales, o, con más
generalidad, la estructura invariable del espacio y la espacialidad
perceptuales y vividos, tales como se los conoce en la experiencia
pregeométrica; y no, en cambio, las apercepciones transitorias de un período
histórico determinado, como por ejemplo, las concepciones mítico-mágicas que,
en honor a la verdad histórica, estuvieron implicadas en el nacimiento de la
geometría primitiva e influyerón en cierta medida sobre ella.
La ciencia general del mundo
vital, según la concepción de Husserl, se interesa por el estilo general
invariable, o por la estructura formal invariable, del mundo vital; por la
tipicidad esencial ("wesensgesetzliche Typik") que en el prevalece [4]. Esta ciencia no debe limitarse a nuestro mundo vital,
es decir, al mundo vital peculiar del hombre occidental, y ni siquiera a los
mundos vitales reales que existen o existieron en la realidad histórica.
Pasando de un mundo vital real a otro, y examinando las diferencias que
distinguen a unos de otros, estaremos en condicioncs de hacer a un lado toda
cuestión de realidad. A partir de cualquier mundo vital real, podemos variarlo
libremente en la imaginación, elaborando de esa manera variedades de mundos
vitales posibles —pero meramente posibles— respecto de los cuales la cuestión
de su existencia histórica real carece de interés. El objetivo de este
procedimiento consiste en revelar aquello que esencial y necesariamente
pertenece a todo mundo vital en cuanto tal, considerado desde el punto de vista
de su posibilidad. Husserl llega de esta manera a la idea de una ontología del
mundo vital en cuanto tal, entendido como un mundo posible de experiencia
intersubjetiva. Las estructuras reveladas por esta ontología están presentes en
todo mundo vital real, cualquiera que sea su contenido, sujeto a variación
histórica y, en este sentido, accidental. Debe destacarse que una ontología del
mundo vital difiere fundamentalmente de las ontologías inspiradas en la
tradición moderna, que están dominadas por la noción
"constructivista" del "ser tal como realmente es en sí", al
que se concibe como una pluralidad matemática. Las ontologías tradicionales se
han apoyado siempre sobre el a priori objetivo, mientras que la ontología
que propone Husserl se interesa por el a priori del mundo vital. Pero
después de formular la idea de una ontología del mundo vital, Husserl no se
dedica a desarrollarla. Su preocupación fundamental lo lleva por otro camino.
III. EL PROGRAMA GENERAL DE LA
FENOMENOLOGÍA
1. La actitud natural y la
actitud fenomenológica
En el curso de nuestra vida
consciente nos interesamos por objetos que, a pesar de su diversidad,
pertenecen todos al mundo. Vivir en el mundo significa aceptarlo como el
horizonte universal englobante que abarca todo lo que se presenta como real,
dentro del cual desarrollamos todas nuestras actividades, y dentro del cual
están todos los objetivos que perseguimos, todas las metas de nuestras
acciones, etc. La aceptación del mundo, sin embargo, no implica un
reconocimiento explícito de su carácter de horizonte universal. Sin duda, todos
los objetos y todos los existentes aparecen como mundanales, es decir, se
presentan dentro del horizonte universal de manera tal que su aparición
comporta la consciencia del mundo como horizonte. En ese sentido, el mundo
siempre nos está dado ("vorgegeben"). Su darse es aceptado sin
cuestión; por lo general no se lo aisla, no se lo hace temático, no se lo
explicita.
En lugar de mantenernos en esta
actitud, que es la de nuestra vida natural e ingenua, podemos dirigir la
atención hacia los modos subjetivos en que el mundo y los existentes mundanales
de todo tipo se nos presentan. Tales presentaciones de objetos en modos
subjetivos, y aun de un mismo objeto en diversos modos, se producen, claro
está, durante todo el transcurso de nuestra vida consciente. En la actitud
ingenua que natural y normalmente adoptamos, nos preocupamos demasiado por los
objetos mismos, por sus propiedades y atributos; nos interesamos excesivamente
por lo que los objetos son —ya sea como objetos del mundo vital o bajo la específica
orientación científica de la idea del "ser tal como realmente es en
sí"—; estamos demasiado sumergidos en nuestros afanes mundanales,
prácticos y teoréticos, estamos demasiado absorbidos por nuestras metas,
propósitos y planes, ya sean transitorios o relativamente permanentes, para
poder atender a los modos y formas en que los existentes mundanales y el mundo
en general se presentan a nuestro espíritu. Las vivencias en que se nos hacen
accesibles el mundo y todo lo que él contiene, las vivimos realmente, pero
permanecen veladas, desatendidas, y, en este sentido, ocultas. Para
descubrirlas es necesario un acto de voluntad. Al apartarnos de la actitud
ingenua y natural, adquirimos un nuevo interés teorético por las cosas, no
tales como son, sino tales como se nos ofrecen; más exactamente, un interés por
sus apariciones y presentaciones, y también, especialmente, por las conexiones
y encadenamientos sistemáticos de esas apariciones y presentaciones. En líneas
generales, nuestro tópico no es ya el mundo, sino la contextura de la vida
consciente, las síntesis de las vivencias que nos dan consciencia del mundo
como permanentemente dado ("vorgegeben"). Si avanzamos por esta vía
nos aproximamos al umbral de la fenomenología, cuyo programa general puede formularse
como un intento de dar cuenta del mundo en general y de los existentes
mundanales en particular, y de todos los entes objetivos de cualquier clase que
sean, en función de vivencias, actos, operaciones y producciones ("Leistungen")
de la conciencia. Ese "dar cuenta" equivale a revelar el mundo
y los entes objetivos mentados como productos y correlatos de multiplicidades
de actos de conciencia sistemáticamente encadenados y sintetizados, de los
cuales aquellos reciben el sentido de su validez ("Geltung") y de su
existencia.
Para realizar ese programa es
necesario efectuar una segunda “epoché”, esta vez respecto del mundo vital
mismo. Una vez más la "epoché" involucra suspender, poner fuera de
acción, reservar el juicio, y no negación, eliminación o supresión. Ni la
contextura de la vida consciente, en la cual y por medio de la cual aparecen
existentes de toda clase, ni el mundo vital en general, son afectados por la reducción
fenomenológica, que es la segunda "epoché". Al realizar la
reducción fenomenológica, si bien seguimos viviendo todos los actos conscientes
en su entrelazamiento recíproco, nos abstenemos de vivir en ellos. En otras
palabras, ya no nos dejamos envolver y absorber por esos actos. Nuestra actitud
es la de un observador apartado y desinteresado, quien contempla el fluir de
la vida consciente ;—que continúa independientemente de la actitud que se
adopte— sin participar en él, sino más bien considerándolo como un campo
propicio para la investigación descriptiva y analítica. Los actos que, en la
actitud natural, son simplemente vividos, ahora se tematizan y se convierten en
tópicos para un análisis reflexivo. En este sentido Husserl habla de una actitud
por arriba de la vida de la conciencia, tanto subjetiva cuanto
intersubjetiva, a través de la cual, en la actitud natural, el mundo está
indudablemente presente. En consecuencia, ninguno de los existentes mundanales
ni el mundo vital en general sufren modificación alguna. Sin embargo, los
existentes mundanales dejan de ser simplemente aceptados, como se los aceptaba
en la actitud natural. Más bien se los considera entes experimentados o vividos, que deben ser tomados tal cual aparecen; por
ejemplo, se los considera como entes que se presentan como reales. Todos los
existentes mundanales y el mundo vital en su conjunto se transforman en fenómenos
en el sentido específico de que quedan referidos a las vivencias en las que
se dan, y de que se los toma exactamente tal como se presentan ante la
conciencia del sujeto que vive esos actos. La pretensión de existencia que
contienen los objetos mundanales no es ni rechazada ni aceptada; ni siquiera se
duda de ella ni se pone en tela de juicio su legitimidad. Meramente se la toma
como una pretensión experimentada o vivida, es decir, como uno de los caracteres
que exhibe el objeto en cuestión al presentarse.
2. Esbozo de la fenomenología
del mundo perceptual
En virtud de la reducción
fenomenológica, los entes objetivos se revelan como correlatos de vivencias.
Esta revelación abre el campo de la investigación fenomenológica. La
fenomenología no es otra cosa que el estudio sistemático y amplio de la
correlación que existe entre el mundo y la conciencia del mundo; o, para
expresarlo con mayor generalidad, entre el ser, cualquiera sea su género, y los
actos de conciencia por medio de los cuales el ser aparece y se origina.
Para ilustrar los problemas que
surgen en el campo de investigación abierto por la reducción fenomenológica, y
la naturaleza del análisis fenomenológico, Husserl se remite principalmente a
la fenomenología de la percepción, tal como la había desarrollado en sus obras
anteriores, especialmente en Ideen zu einer reinen Phänomenologische
Philosophic [5] y en Cartesianische Meditationen [6]. Debido a la orientación general de la presente obra,
Husserl no desarrolla la teoría de la percepción en forma sistemática, sino que
se limita a destacar algunos de los temas en juego como ejemplos
representativas de la problemática fenomenológica.
Una cosa puede ser vista, tocada,
olida, etc. Estas percepciones difieren entre sí, pero se las experimenta a
todas como percepciones de la misma cosa. Ateniéndonos a las percepciones
visuales, comprobamos que una misma cosa puede ser vista desde distintos lados,
y bajo diferentes aspectos y perspectivas. Para llegar a conocer la cosa por la
vía perceptiva, es necesario pasar de percepción a percepción, de manera tal
que la cosa pueda mostrarse por distintos lados y pueda ir revelando sus
atributos y propiedades. Lo que se presenta en cada una de las percepciones es
la cosa misma que aparece, claro está, de manera unilateral, pero que es
experimentada desde ya como perceptible desde diferentes puntos de vista, como
capaz de aparecer en otros modos de presentación. De modo que cada percepción aislada contiene más de lo que ofrece
en la experiencia sensorial directa y efectiva. Este "más" consiste
en anticipaciones de nuevas apariciones perceptuales de la misma cosa. Cada
percepción efectiva implica un horizonte —el horizonte interior — de
percepciones posibles que se supone ocurrirán cuando la cosa sea mirada desde
un punto de vista adecuado. Comprobamos así el importante papel que desempeñan
las "inactualidades" de la conciencia en la experiencia efectiva
("actual"). Entre dichas inactualidades se cuentan las adquisiciones
del pasado, es decir, adquisiciones que alguna vez fueron actuales pero que han
dejado de serlo, si bien pueden ser reactivadas. Aun en el caso de que no sean
reactivadas, contribuyen a determinar la percepción efectiva presente, que está
circundada por un horizonte, o inmersa en una atmósfera, de inactualidades que
funcionan de una manera implícita, pero que funcionan al fin.
La percepción de una cosa está
llena de alusiones, anticipaciones y otras inactualidades; pero además la cosa
percibida aparece en medio de otras cosas que son percibidas al mismo tiempo,
dentro de un campo de percepción u horizonte exterior. Claro que el
campo de percepción no es el mundo; sin embargo, dentro de él se experimenta un
segmento del mundo. El horizonte exterior apunta a cosas que están más allá de
él mismo; ese apuntar es lo que nos da conciencia permanente de que el mundo es
el universo de los posibles objetos de la percepción [7] .
Si en el curso del proceso de
percepción las anticipaciones implícitas en anteriores percepciones se cumplen
en otras posteriores, se produce una síntesis de identificación —o como
prefiere llamarla Husserl en esta obra, de unificación ("Einingung")—
entre estas percepciones. En virtud de esta síntesis de unificación las
percepciones aisladas, en lugar de sucederse meramente las unas a las otras en
el tiempo, se articulan como fases de un mismo proceso coherente y sostenido.
Los resultados de las fases anteriores no sólo se retienen en las etapas
posteriores, sino que también son prolongados y complementados por los de las
fases posteriores. La cosa percibida, que al principio era indeterminada en
cierta medida, se va desplegando gradualmente, alcanzando una determinación
cada vez mayor. El proceso perceptivo logra coherencia interior al irse
confirmando recíprocamente sus distintas etapas en virtud del cumplimiento de
las anticipaciones, y en virtud de la prolongación y complementación de las
fases anteriores por las posteriores ("Sinnbereicherung und
Sinnfortbildung"). Las modalidades cambiantes de la presentación
perceptiva, en las que va apareciendo la cosa percibida en el curso del proceso
de percepción, dependen de movimientos del cuerpo del sujeto que percibe. Para
que la cosa aparezca bajo determinado aspecto, es preciso que el observador se
acerque o se aleje de ella, que camine a su alrededor, que mueva la cabeza o
los ojos de la manera adecuada, que la toque con la mano, o que la haga girar
entre sus dedos, etc. Nuestro cuerpo, con sus órganos sensoriales, cumple un
papel esencial en todo acto de percepción, papel que se pone de manifiesto en
la correlación entre los movimientos corporales que hemos mencionado y las
presentaciones perceptivas de la cosa percibida. (Recordemos, de paso, el
problema de la aparición de nuestro propio cuerpo a través de una multitud de
vivencias que se van articulando entre sí de una manera especial). Bien puede
ocurrir que las anticipaciones implícitas en etapas anteriores no se cumplan en
el curso posterior del proceso perceptivo. La cosa percibida resulta ser
diferente de lo que parecía ser al principio. En este caso las etapas
posteriores rectifican, en lugar de confirmar, las etapas anteriores. Surge así
el fenómeno de la modalización: lo que vemos en el escaparate había parecido,
sin lugar a dudas, un ser humano; ahora la cosa se vuelve dudosa; luego va
siendo posible, presumible, probable, que la cosa sea un maniquí.
El sujeto de la percepción jamás
puede estar solo. Durante toda nuestra vida, aun en los momentos de soledad, tenemos
conciencia de que existimos entre nuestros
semejantes, con quienes nos comunicamos en forma virtual o efectiva, y
también tenemos conciencia de que se comunican entre ellos. Así como en mi vida
consciente las percepciones y series de percepciones se confirman, continúan,
aumentan, y en algunos casos, se corrigen las unas a las otras, del mismo modo,
al comunicarme con mis semejantes, mis propios sistemas y síntesis de
percepción entran en idéntica relación recíproca con los de ellos. A menudo se producen
desacuerdos y diferencias. Ellos pueden resolverse —o por lo menos así se suele
creer— por medio del debate y de la crítica mutua. Mediante la
intercomunicación, es decir, mediante el entrelazamiento de mi vida perceptiva
con la de mis semejantes, se produce, en cada uno de nosotros, la conciencia de
la unidad e identidad del mundo perceptual, como horizonte universal
dentro del cual existen todas las cosas reales, del mundo único en el que
vivimos todos y que todos experimentamos, aunque cada cual lo haga desde su
punto de vista propio. Yo puedo percibir la misma cosa que percibe mi prójimo,
pero la misma cosa se presenta a cada uno de nosotros por un lado diferente,
bajo aspectos y perspectivas diferentes. Cada una de esas presentaciones
perceptivas encierra en su horizonte interno alusiones a posteriores
presentaciones perceptivas, todas pertenecientes a un mismo sistema total. En
la conciencia de cada cual surge la distinción entre la presentación perceptual
efectiva de una cosa, y la cosa misma. Especialmente en previsión de posibles
discrepancias entre mi experiencia perceptual y la de mis semejantes, la
distinción mencionada adquiere el alcance de una distinción entre la
"mera" apariencia, la "mera" representación de una cosa, y
la cosa tal como objetivamente es. Debe señalarse que la cosa, tal como es
objetivamente, no se da a nadie en percepción efectiva, puesto que para la
conciencia de cada uno, esa cosa no es otra que la unidad sistemática de una
multiplicidad indefinidamente abierta de experiencias perceptuales, tanto de
las suyas propias como de las de sus semejantes.
Del precedente esbozo —por cierto
que superficial— de la teoría fenomenológica de la percepción, emerge un
principio cuya generalización nos permite formular el objetivo último de la
filosofía fenomenológica. Todo ente objetivo, cualquiera que sea su naturaleza
—todo objeto, para decirlo más brevemente— es un índice de
multiplicidades de modos de aparición y presentación
("Gegebenheitsweisen"), y es un correlato de ellas. Si estas
presentaciones se relacionan con el objeto en cuestión y lo
"contienen" como su "polo objetivo"
("Gegenstandpol"), ello se debe a que ellas se articulan y orientan
en función recíproca y a que se han organizado sistemáticamente en una síntesis
de unificación que, al extenderse de sujeto a sujeto, se convierte en síntesis
intersubjetiva, en el sentido pleno de la expresión. Las formas de
organización y sistematización que prevalecen sobre la mera multiplicidad no
deben ser consideradas como casuales o contingentes. Al contrario, la
correlacción entre un objeto y la multiplicidad de sus modos de presentación
está regida por leyes a priori; es una cuestión de necesidad esencial. A
menos que ciertas apariciones y presentaciones sean organizadas intersubjetivamente
en determinada forma específica, el objeto en cuestión o no existe, o por lo menos
no existe como objeto de determinada clase. En este sentido puede decirse que
el objeto recibe su existencia, y el sentido de su existencia, de las vivencias
intersubjetivamente entrelazadas y vinculadas; y así podemos hablar de la
"constitución intersubjetiva" del mundo, es decir del mundo como
originado en las vivencias intersubjetivamente vinculadas.
El análisis fenomenológico nos
remite de lo que en la actitud ingenua y natural aceptamos simplemente como
"ente acabado" ("Fertig-Seiendes"), a las multiplicidades
de vivencias en las que se presenta. Pero el hecho de ir a investigar las
fuentes de formación y producción del producto "acabado", de ningún
modo significa despojar al objeto de su existencia, realidad u objetividad.
Dicho análisis no tiene por objeto fundamentar la objetividad, ni garantirla,
ni discutirla, así como tampoco se propone demostrar la existencia real del
mundo. No cabe ninguna duda de que el mundo existe, ni de que todos existimos
en él como seres humanos. Lo que se pretende es más bien hacer inteligible esta
convicción, en que se apoya nuestra vida, y que continúe sirviendo de apoyo
bajo la reducción fenomenológica. La inteligibilidad última sólo puede
alcanzarse mediante el análisis de la conciencia intersubjetiva en la cual y
por medio de la cual el mundo surge tal como se nos aparece a nosotros, como
existente ahora y desde siempre ("Vorgegebehheit"). De un modo muy
general, para comprender en definitiva la objetividad, es preciso estudiar
objetos de un tipo dado en su gradual despliegue y exhibición a través de
múltiples vivencias, modos de aparición y presentación, sistemáticamente encadenados y entrelazados. A través
de esas multiplicidades sistemáticamente organizadas de vivencias,
reciben los objetos en cuestión el sentido específico de su objetividad.
3. El yo trascendenlal y el
problema de la intersubjetividad
Husserl propugna una concepción
egológica de la conciencia. Todo acto de conciencia emana del yo que vive ese
acto, y que por ese motivo es experimentado como suyo. La totalidad de
la vida consciente —todas las síntesis, modalizaciones, etc.— están centradas
en el yo o, como prefiere expresarlo Husserl, en el polo-yo, como realizador
idéntico de todas las operaciones ("identischer Vollzieher aller
Geltungen"). Es el polo-yo el que pasa de una etapa de su vida consciente
a la próxima, el que retiene vivencias pasadas y las vincula con las actuales,
anticipando vivencias posteriores capaces de articularse en un sistema
coherente en desarrollo progresivo. A través de una multiplicidad de
presentaciones el yo se dirige hacia el polo objeto (que es el que aparece en
una diversidad de modos, o hacia el cual se polarizan los diversos modos) como
meta de su intencionalidad, intencionalidad que se cumple en el transcurso de
la serie de vivencias. Por medio de sus actividades, que pueden asumir formas
diversas, el yo va despleganclo los atributos y propiedades de los objetos;
esas actividades pueden verse atraídas por factores afectivos, etc.
Análogamente la intersubjetividad se interpreta como el entrelazamiento de una
pluralidad de "yoes", en la síntesis "yo-tú" o en la
síntesis "nosotros". Como hemos visto, el mundo vital
intersubjetivamente idéntico es un índice de multiplicidades de modos de
aparición y presentación sistemáticamente organizadas. A través de estas
multiplicidades los distintos "yoes" —y no cada uno de ellos por
separado— se dirigen hacia el mundo y lo viven como campo común de todas sus
actividades.
A la luz de la concepción
egológica de la conciencia y de la vida del espíritu, la aludida correlación
entre los objetos mundanales y el mundo en general, por un lado, y las
multiplicidades de vivencias sistemáticamente organizadas, por el otro,
significa que los primeros surgen y reciben su existencia de operaciones y
actividades egológicas ("ichliche Leistungen") La afirmación de que
el mundo se constituye egológicamente viene a significar que es el
producto común de una pluralidad indefinida de "yoes" en comunicación
y cooperación recíprocas, en virtud de las cuales entrelazan y coordinan sus
respectivas vidas mentales. Esa pluralidad de "yoes" es la humanidad:
en su más amplio sentido, la totalidad de la raza humana; en un sentido más
limitado, un grupo socio-histórico más o menos restringido, por ejemplo, una
civilización determinada. Por ello, la correlación entre mundo y humanidad se
presenta de manera tal que la humanidad sería "la subjetividad que lleva a
cabo, en mancomunidad intencional, la operación de dar validez al mundo".
Si por yoes entendemos seres humanos, surge por necesidad una paradoja
aparentemente insalvable. En efecto, los mismos seres humanos son existentes
mundanales; pertenecen al mundo y forman parte de él. ¿Cómo es posible,
entonces, que una parte constituya y produzca el todo al cual pertenece? Si el
programa general de la fenomenología consiste en dar cuenta del mundo en
función de la subjetividad o intersubjetividad humana, dicho programa implica
un absurdo total, puesto que equivale a dar cuenta del mundo en función de algo
que por su misma naturaleza presupone aquello de lo cual se pretende dar
cuenta. Obviamente, la paradoja resulta del papel doble que le toca desempeñar
al hombre, pues es un existente mundanal entre muchos otros, un objeto en el
mundo, y al mismo tiempo un sujeto respecto del mundo, es decir, un sujeto de
cuyas vivencias y operaciones el mundo recibe el sentido de su existencia.
Para suponer esa paradoja y para
lograr alguna claridad acerca de la situación ambigua del hombre, Husserl
considera necesario y suficiente realizar la reducción fenomenológica en todo
su alcance. Sin duda encontramos en el mundo a nuestros semejantes, a quienes
concebimos como seres humanos y personas como nosotros, y a la vez como
existentes mundanales. Sin embargo, esto significa que, bajo la reducción
fenomenológica, es preciso tratarlos como fenómenos, igual que todos los demás
existentes mundanales. Bajo la reducción fenomenológica sólo podemos
referirnos a la humanidad como "fenómeno de la humanidad"; no estamos
autorizados para mentar y utilizar, sin más, la vida consciente y las
actividades espirituales de nuestros semejantes. Debido a su universalidad, el
programa de fenomenología me alcanza a mí en cuanto ser humano mundanal, y
también a mis semejantes. Al realizar la reducción fenomenológica dejo de ser
un hombre entre otros hombres, todos viviendo en el mundo como partes del
mismo. Dicha reducción coloca a quien la realiza en una "incomparable
soledad filosófica" ("einzigartige philosophische Einsamkeit"),
en la cual el mundo y todo lo que contiene, inclusive el sujeto en cuanto ser
humano y todos sus semejantes, se convierten en fenómenos, es decir, en temas
para la investigación fenomenológica trascendental. Con esto se vinculan dos
problemas de la constitución fenomenológica. El primero es el de mi
autoconstitución, el de las vivencias en las que me experimento a mí mismo, en
diversos modos de aparición, como persona, como "el hombre que soy",
como ser humano mundanal. De aquí que el polo yo, del cual, según Husserl,
surgen todos mis actos conscientes, y en el cual se centralizan todas las
actividades, operaciones, etc., de mi conciencia ("Funktionszentrum aller
Konstitution") no debe confundirse con el alma, la persona, el
"yo" en el sentido de "el ser humano que soy", en suma, con
el yo mundanal, así se trate del yo meramente psicológico. Por este motivo
Husserl habla del polo yo, y no simplemente del yo; en otros pasajes de su obra
insiste en la distinción entre el yo trascendental (o "yo puro",
especialmente en sus trabajos anteriores) y el yo mundanal, en cualquiera de
los aspectos de la mundanalidad. El segundo problema es el de la constitución y
apercepción, por medio de mis vivencias, del otro, del alter ego, que
es semejante pero distinto de mí, y de la comunidad de mis semejantes, en la
cual me inserto. Por lo tanto, no era equivocado atribuir una función
trascendental a mis semejantes; pero era prematuro, porque no conocíamos el
fundamento de esa atribución. Lo que hace falta es una teoría fenomenológica de
la constitución de la intersubjetividad dentro de mi campo de experiencia, para
mí; en este sentido, "dentro" de mí [8]. Sobre la base de una teoría semejante, es legítimo
afirmar que cada ser humano "contiene" un yo trascendental, en cuanto
que, constituído como semejante mío, lo concibo como capaz de realizar la
reducción fenomenológica, así como yo puedo realizarla, y de
descubrir su polo yo en su función trascendental. Así llega Husserl a la noción
de intersubjetividad trascendental, comunidad de polos-yo a la que
también pertenece mi polo-yo, si bien ocupando una posición privilegiada,
puesto que siempre seguirá siendo el polo-yo respecto del cual todos los demás
polos-yo aparecen como polo-alter ego. Si vivimos el mundo como común e
idéntico para todos nosotros, ello se explica porque resulta ser el correlato
de la intersubjetividad trascendental, el producto común de una comunidad
indefinídamente abierta de polos-yo en comunicación recíproca y que por tanto
entrelazan sus funciones constitutivas.
Mediante la realización radical y
consecuente de la reducción fenomenológica queda disuelta la identificación que
hace Descartes del yo del ego cogito con el alma, es decir, con un
existente mundanal, identificación que ha provocado infinidad de confusiones.
Ahora es posible reconocer el carácter único de la subjetividad trascendental:
es un dominio privilegiado en cuya virtud,
exclusivamente, hay un mundo; dominio que, por ser la condición y
presupuesto necesarios de todo dominio mundanal, no puede tener carácter
mundanal.
Por otra parte, la mera
formulación de los problemas de la autoconstitución y de la constitución de otros
seres humanos ilumina la situación del hombre. La subjetividad y la
intersubjetividad mundanales, es decir, la humanidad, resultan ser
autoobjetivaciones de la subjetividad trascendental. Por esa razón la
fenomenología trascendental está íntimamente vinculada con la psicología , que
es el estudio sistemático del yo mundanal o alma; o sea, entre otras cosas, de
la vida mental de seres humanos que se encuentran en el mundo, perciben cosas,
elaboran representaciones y concepciones del mundo, realizan actividades
voluntarias en el mundo, etc. En verdad, todos los actos y operaciones de la
conciencia (que desde la perspectiva de la fenomenología trascendental se
estudian en sus funciones presentativas y constitutivas, es decir, como
vivencias a través de las cuales el mundo y todo lo que él contiene aparecen y
se nos revelan), entran también en el dominio de la psicología, para la cual
tienen el sentido de hechos mundanales atribuíbles a unidades psicosomáticas
mundanales, o sea, a hombres. De manera que los resultados de la fenomenología
trascendental pueden trasladarse a la psicología. A la inversa, los análisis
psicológicos de la vida mental del hombre, especialmente los que versan sobre
las formas y modos en que experimentamos el mundo, de las formas y modos de las
representaciones y concepciones humanas del
mundo, adquieren significación fenomenológica (siempre que tengamos en cuenta
el sentido peculiar de aquellos actos especiales de apercepción y
objetivación que dan a la vida mental su carácter mundanal, es decir, de
aquellos actos en virtud de los cuales las vivencias y representaciones del
mundo llegan a ser concebidas como hechos mundanales que tienen lugar en
existentes mundanales. Siempre es posible un tránsito en ambas direcciones de
la fenomenología trascendental a la psicología . En consecuencia, Husserl
emprende la tarea, de abrir una segunda ruta de acceso a la fenomenología, a
partir de la psicología. Por esta vía resultará posible llenar un importante
vacío: en efecto, falta todavía elaborar una concepción de la mente o espíritu.
La tarea esencial de la psicología consiste en suministrar esa concepción. Mas,
en su desarrollo histórico, la psicología ha fracasado lamentablemente en esa
tarea. A fin de formular los problemas que se plantean a una genuina
psicología, debemos primero exponer las causas del fracaso de la psicología tradicional.
1. Presupuesto
de la psicología tradicional
La psicología moderna se ha
elaborado bajo la influencia y el impacto de la física galileana, cuyos métodos
y procederes han llegado a ser considerados como patrones y modelos de todo
conocimiento científico. Mientras que la física se ocupaba de los aspectos
corporales de la realidad, la psicología fue concebida desde el primer momento
como una ciencia complementaria, paralela a la física. Su asunto es aquel
aspecto o parte de la realidad que no está comprendido en el campo de la
física, a saber, las almas, su vida mental, los hechos que en ellas tienen
lugar, etcétera. La psicología moderna se basa en la dualidad cartesiana de corpus y mens, que de una u otra
manera ha dominado toda la tradición moderna. El mundo se compone de dos
"substancias" o, por lo menos, de dos órdenes de la realidad, de los
cuales sólo uno, la "substancia extensa", tiene carácter autónomo e
independiente, mientras que las almas, por estar unidas a los cuerpos,
permanecen separadas las unas de las otras y no forman un universo coherente.
El hombre y (por lo menos en la tradición postcartesiana) también los animales
se consideran compuestos de dos estratos radicalmente heterogéneos entre los
cuales rigen ciertas conexiones regulares. La psicología y la física se
reparten los dos estratos. La dualidad de las dos substancias o estratos de la
realidad vuelve a aparecer en el distingo entre experiencia "interna"
y "externa", según el cual la primera abarca los fenómenos
psicológicos, las almas, y los hechos que en éstas se producen, mientras que la
segunda comprende los fenómenos físicos en los cuales se manifiesta la
naturaleza "tal cual es realmente en sí misma" (en el sentido que se
da a esta expresión en las ciencias fisicomatemáticas). Así como la física se
funda en la experiencia externa, la psicología se basa en la experiencia
interna.
A pesar de la radical
heterogeneidad de las dos substancias o estratos de la realidad, el estilo
cognoscitivo de la psicología debe imitar el de la física. El ideal que ha
dominado el desarrollo de la psicología moderna es el de una ciencia
objetivista universal more geometrico. Se admite sin discusión que las
almas tienen el mismo modo de existencia que los cuerpos materiales, por más
que se diferencien en su estructura. De lo cual se deduce que los hechos
psicológicos deben estar vinculados por relaciones causales idénticas a las que
rigen entre los hechos físicos. De un modo general, el dominio de la psicología
puede y debe explicarse, medianteteorías de igual naturaleza que las teorías de
la física. En consecuencia, se considera el alma como una esfera autónoma y
cerrada (semejante a un espacio cerrado) que
contiene datos psicológicos, especialmente datos sensoriales, los
cuales, a su vez, son interpretados como una especie de átomos, o de complejos
de átomos; las facultades psicológicas se interpretan, por analogía con las
fuerzas físicas, como índices de propiedades causales del alma, etc. A lo largo
de su historia la psicología moderna se ha esforzado por alcanzar la exactitud
de la física. Sin embargo, no sólo ha fracasado en su intento de aproximarse a
su ideal —no ya de alcanzarlo— sino que toda su historia es una sucesión de
crisis. La razón de este fracaso reside en lo absurdo del ideal mismo. Por su
propia naturaleza, el dominio de lo psicológico no se presta a la idealización
y a la matematizacion. Por lo tanto no sólo es irrealizable sino hasta carente
de sentido el objetivo de formular leyes y teorías psicológicas exactas, y de
emular la teorización exacta de que ha sido objeto el dominio de la física
(entendiendo la "exactitud" en el sentido de la teoría física).
Todos los presupuestos de la
psicología moderna tradicional dependen y derivan del presupuesto
fundamental, que no es otro que la existencia misma de la ciencia galileana
[9]. La psicología moderna no elaboró "su concepto del
alma y de lo psicológico sobre la base de la experiencia directa, sino que
adoptó el concepto dualista cartesiano, el cual, a su turno, había sido
determinado por las ideas constructivas de una naturaleza meramente corporal y
de una ciencia matemática de esa naturaleza
corporal.
2. El problema del cuerpo y
del alma
La psicología, como cualquier
otra ciencia, tiene que partir de los datos del mundo vital, y tiene que
respetarlos. Es en el mundo vital donde encontramos las almas, en primer
término almas humanas, y las encontramos unidas a cuerpos. Surge la cuestión
acerca de cómo cada uno de nosotros experimenta su propio cuerpo como sistema
ordenado de órganos que está a su disposicion; de cómo experimentamos el hecho
de habitar y funcionar ("Walten") en nuestro cuerpo (experiencias que
en su forma primordial y originaria sólo se pueden tener respecto del propio
cuerpo de cada cual). Como ejemplos de ese funcionar en los órganos del cuerpo
podemos citar los actos de empujar, tirar, levantar, etc., que son, en otras
palabras, cinestesias por medio de las cuales, exclusivamente, somos capaces de
actuar sobre las cosas exteriores, y a cuyo papel en la experiencia perceptual
ya nos hemos referido.
Por supuesto, los movimientos de
mi cuerpo y de sus órganos, por ejemplo mis manos, se cumplen en el espacio.
Sin embargo, el hecho de que mi mano esté a mi disposición, bajo mi mando, el
actuar y el funcionamiento de la cinestesia (“das waltende Tun der Kinästhese”)
no es en sí mismo un movimiento espacial. Está localizado sólo de un modo indirecto,
por el hecho de que mi mano, en la que actúa mi cinestesia, ocupa un lugar en
el espacio. Con generalidad Husserl sostiene que, si bien las almas están
localizadas en el espacio-tiempo ("Raumzeitlichkeit"), que es la
forma universal del mundo vital, sólo lo están de una manera indirecta.
Meramente participan de la localización espaciotemporal, en virtud de
que están unidas a cuerpos. Todos experimentamos esta unión con el cuerpo, de
un modo originario, en el hecho y por el hecho de habitar nuestro propio cuerpo
y, dentro de ciertos límites, de disponer libremente de él.
En consecuencia, si bien las
almas existen "en" el mundo, como en efecto ocurre, su existencia no
tiene el mismo sentido que la de los cuerpos materiales, ni tampoco es posible
atribuir a los seres animados —en forma de unidades psicosomáticas— la misma
especie de realidad que a las cosas inanimadas. El principium
individuationis de estas últimas es la localización espaciotemporal. Las
almas, por el contrario, poseen su individualidad y su unicidad por derecho
propio; de ningún modo las deben a la localización de su cuerpo en el espacio y
en el tiempo. De igual manera, las conexiones entre los hechos psicológicos, o
entre los hechos psicológicos y los somáticos, no tienen la misma naturaleza
que las relaciones causales, que son relaciones de dependencia funcional entre
los hechos físicos.
3. La intencionalidad
Teniendo en cuenta que toda
ciencia parte del mundo vital, y que el campo de la física se delimita por
medio de una abstracción —que consiste en atender deliberada y exclusívamente
al aspecto corporal de los objetos que se dan en el mundo vital (abstracción
que constituye el presupuesto y la base de la posterior idealización y
matematización)— cabe preguntarse si no corresponde que la psicología se ajuste
a un procedimiento análogo, por medio de
una abstracción complementaria o contraabstraccion. De acuerdo con esta
línea de pensamiento, el dualismo de la psicología tradicional y especialmente
su práctica teorética, parecerían justificarse y legitimarse (siempre que
dejáramos de lado las dificultades suscitadas por el problema del cuerpo y del
alma —al que acabamos de referirnos—, que han asediado al dualismo
tradicional). Fuera de dicha contraabstracción parecería que no hubiera otra
manera de delimitar el campo psicológico propiamente dicho, es decir el de la
conciencia y la vida mental. De modo que todo dependería de la naturaleza y
significado de la contraabstracción.
Aún el análisis superficial de la
vida consciente, de la nuestra o de la de otros, pero tomada tal como se la
vive en realidad, y cuidando de que no se deslicen teorías preconcebidas en la
descripción, basta para comprobar que no se dan en ella los datos sensoriales
de la psicología tradicional. Lo que sí encontramos, en cambio, son actos cuya
descripción más adecuada es: "Veo un árbol", "Recuerdo mi
niñez", "Siento que mi amigo esté enfermo", etc. Cada uno de
tales actos debe ser caracterizado como acto de conciencia de algo; eso
es lo que significa la intencionalidad de la conciencia. Debemos partir
de seres humanos que se ocupan conscientemente[10], de modos diversos, de objetos, hechos, cosas, etc.,
dentro del mundo vital.
A esta altura de la exposición ya
resulta infundada la distinción tradicional entre experiencia interna y externa
(de las cuales sólo la interna seria experiencia psicológica). Sin duda,
existen profundas diferencias entre la percepción de una piedra o un río, y la
de sentimientos de alegría o de cólera o de habitar el propio cuerpo. Con todo,
tanto la una como la otra son actos de conciencia, vivencias o experiencias
subjetivas. En consecuencia ambas corresponden al ámbito de la psicología, como
ciencia universal de la conciencia y de la vida mental, es decir, como ciencia
de la subjetividad.
No debe interpretarse
erróneamente la intencionalilad de la conciencia como una nota o matiz
adicional de los datos, ni como una de las propiedades o facultades del hombre,
como si entre los existentes mundanales hubiera algunos dotados de la facultad
de experimentar a los demás existentes y de adquirir conocimientos acerca de
ellos. Por medio de un acto de conciencia, el objeto aparece y se mantiene
frente al sujeto en determinado modo de presentación. Ese objeto debe ser
aceptado, exclusivamente, tal como se presenta mediante el acto de conciencia.
Si se trata de la percepción de un árbol, por ejemplo, tenemos el árbol
percibido que se presenta bajo determinado aspecto y perspectiva, en
deterrninada orientación, lejano o cercano, etc.; es decir, el árbol en cuanto
percibido ("wahrgenommener Baum als solcher"). Mientras que el árbol
en cuanto cosa real puede ser consumido por el fuego, nada semejante puede
ocurrirle a la aparición perceptiva del árbol, es decir, al árbol en cuanto se
da en determinada presentación perceptiva. En términos generales, a cada acto
de conciencia corresponde un "objeto"; el acto da conciencia del
"objeto" tal como éste aparece, se presenta, es mentado y puesto
en el transcurso de ese acto. Éste es el cogitatum qua cogitatum, el
"objeto intencional" del acto, o, como solía designarlo HusserI en
sus obras anteriores, el noema. El "objeto intencional" es el
correlato, sentido o significación del acto[11]. En su sentido pleno y concreto, el término
intencionalidad de la conciencia expresa específicamente esta correlación o
correspondencia entre los actos y sus "objetos intencionales"[12]. Como correlato del acto, el "objeto
intencional" es inseparable de aquél, de manera que no puede describirse
un acto de conciencia si no se toma en cuenta su correlato intencional.
Los seres humanos se ocupan en
sus actos conscientes, de realidades mundanales tales como animales, casas,
campos, etc. De modo que la intencionalidad denotaría una relación real entre
una persona y una realidad mundanal. Toda proposición descriptiva acerca de una
persona y sus vivencias necesariamente trasciende del campo psicológico, del
campo de aquello que pertenece propiamente a la vida subjetiva de la persona,
puesto que la proposición debe contener alguna referencia a la realidad
mundanal con la cual entra en contacto la persona a través de sus vivencias.
Para descubrir y delimitar el campo subjetivo o psicológico, el psicólogo debe
realizar lo que Husserl llama la "reducción
fenomenológico-psicológica". La persona estudiada por el psicólogo se
encuentra rodeada de realidades mundanales que se presentan como simplemente
existiendo, o bien como dudosas, probables, posibles, etc.; pueden aparecer
como dotadas de valores, o de utilidad práctica; por último, para la persona en
cuestión pueden contener una carga emotiva o afectiva. Respecto de todas estas
cosas, el psicólogo tiene, o puede tener, opiniones propias que pueden
coincidir o no con las del paciente. La reducción fenomenológico-psicológica consiste en que el psicólogo no apoye ni combata,
ni de ninguna manera ponga en tela de juicio, las creencias y convicciones
existenciales —en el más amplio sentido— de sus pacientes. En estas cuestiones
el psicólogo debe abstenerse de tomar posición. Debe adoptar la actitud del
observador apartado y desinteresado de la vida mental de sus pacientes
—desinteresado en el sentido de que se abstiene de tomar partido. Por supuesto,
el psicólogo toma nota de los intereses de la persona que estudia, y trata de
comprenderlos, pero no comparte esos intereses en ningún sentido de la palabra
"compartir". Si el paciente se encuentra frente a cualquier realidad
mundanal dada, el psicólogo debe aceptar a
ésta tal como se presenta a su paciente y por lo que es ante
los ojos de su paciente, sin tratar de relacionar esa realidad, tal como
aparece y es experimentada a la situación objetiva y verdadera. Al estudiar,
por ejemplo, un acto de percepción, el psicólogo debe atenerse escrupulosamenle
a la cosa percibida tal como es percibida efectivamente.
En las descripciones y análisis psicológicos no se debe atender a las
cuestiones acerca de si la cosa percibida existe en la realidad, o de si es tal
como se la percibe. En otras palabras, el psicólogo se ocupa de
"objetos intencionales", sola y exclusivamente. Ellos y sólo
ellos son sus temas y constituyen su campo de investigacion. Al entrar en el
campo de la vida mental el psicólogo se encuentra, desde el primer momento, con
vivencias y con "objetos intencionales" que, en cuanto correlatos de
los actos, son inseparables de estos. De ninguna otra cosa debe ocuparse el
psicólogo, pues en cuanto tome en consideración cualquier otra realidad que no
sea una realidad experimentada y mentada (aceptándola exactamente tal como es
mentada), se está alejando del campo de lo psicológico.
4. De la psicología, de la
intencionalidad
a la fenomenología trascendental
La
reducción fenomenológico-psicológica reemplaza, o, más bien, es la contraabstracción a la que nos referimos al principio
de la sección anterior. (¿Pero puede hablarse aquí de una abstraccion,
comparable a aquélla con la que comienza la física? Para la física, la
abstracción fundamental consiste en atender exclusivamente al aspecto corporal
del mundo vital, dejando de lado todo lo demás. Bajo la reducción
fenomenológico-psicológica no se deja de lado ningún objeto mundanal, ni
ninguno de sus aspectos, que se dé efectivamente en la experiencia. Claro está
que ninguno de esos objetos se acepta sin más como realidad sobre cuya base
pueda apoyarse el razonamiento psicológico, ni como modelo al cual deban
parangonarse los "objetos intencionales", ni como patrón que sirva
para medirlos. Sin embargo, toda realidad mundanal, en cuanto experimentada y
aceptada tal como se presenta —es decir, en cuanlo "objeto intencional"— toda realidad mundanal reaparece
necesariamente en el campo de la psicología. En esta circunstancia se
basa Husserl para proclamar la
universalidad de la psicología de la intencionalidad.
Para
justificar esta pretensión es preciso examinar la manera en que debe realizarse la reducción
fenomenológico-psicológica. Es preciso aplicarla
a todas las vivencias de todas las personas a quienes el psicólogo estudie o
pueda llegar a estudiar. Una posible forma de realizar la reducción —forma que
parece al comienzo la más viable— consistiría en pasar de una vivencia de una
persona dada a la siguiente, y también en pasar de una persona a otra.
Semejante procedimiento tendría por
resultado una serie de reducciones consecutivas. Su universalidad sería
de carácter distributivo y se debería al hecho de que, en principio, ninguna
vivencia se dejaría de lado. En consecuencia, si se hablara en este caso de una
reducción universal, ésta significaría solamente la suma total de las
distintas reducciones.
Husserl critica esta manera de
realizar la reducción fenomenológico-psicológica por considerarla equivocada y
fundada en una confusión. Recalca la necesidad de que la reducción se
realice de una sola vez y en forma simultánea respecto de todas las posibles
personas, inclusive el mismo psicólogo, lo cual significa también, respecto de
todos los existentes mundanales, o, más precisamente, del mundo vital en su
totalidad. Para convencernos de la necesidad de proceder de la manera
prescripta por Husserl, recordemos que, si bien en todo momento y en toda
vivencia particular el sujeto experimentante se ocupa de existentes mundanales
particulares, cada uno de estos se presenta dentro de un medio u horizonte perceptivo que, independientemente de su
amplitud o estrechez, aparece como un segmento del mundo. En virtud de
que cada existente mundanal está referido al mundo en general, lo
experimentamos como mundanal. En consecuencia, para efectuar la reducción
respecto de una cosa cualquiera —suspendiendo la aceptación y también el
rechazo, de toda convicción o creencia existencial acerca de ella— es preciso
generalizar este cambio de actitud a fin de extenderlo al mundo vital en
general. Lo cual equivale a transformar el mundo vital, con todo lo que
contiene, en un fenómeno (en el sentido especial que asigna Husserl a este
término). Por supuesto, esta transformación alcanza también al psicólogo mismo —a quien realiza la reducción
fenomenológico-psicológica— así como a todas las personas cuyas
vivencias son el objeto de investigación; es decir, alcanza a todos los seres
humanos. Todas las personas, incluso el psicólogo, se perciben y se
experimentan a sí mismos como seres humanos, y por tanto como existentes
mundanales; pues bien, todas ellas se transfonnan en fenómenos y se revelan, al
mismo tiempo, como sujetos de vida consciente intencional.
Al realizar la reducción sobre su
propia persona, el psicólogo, mediante el análisis de su vida consciente,
comprueba que ésta está esencialmente relacionada y vinculada con la vida
consciente de otras personas. Bajo la reducción su propia existencia de ser
humano ha adquirido el sentido de fenómeno vivido. Sin embargo, no puede
experimentarse a sí mismo como ser humano a secas, sino como ser humano que
vive en un presente histórico determinado, el cual, a su turno, apunta a un
pasado y un futuro históricos. La vivencia de uno mismo como ser humano lleva
implícita la referencia a otros seres humanos, a un horizonte abierto de
humanidad ("menschheitlich offener Horizont") y cosubjetividad
("Mitsubjektiviät"). La vivencia de sí mismo resulta inseparable de
la de los otros. Bajo la reducción fenomenológico-psicológica todos los seres
humanos quedan reducidos a la condición de sujetos de vida consciente, de
manera tal que cualquier grupo socio-histórico aparece ahora como una comunidad
de sujetos trascendentales ("transzendentale Subjektgemeinschaft") a
la cual pertenece también el sujeto que realiza la reducción, como sujeto puro
de vida intencional.
La referencia a esa comunidad
resulta ser un elemento esencial y constitutivo de la vivencia del mundo vital.
Si bien el mundo queda reducido a la condición de fenómeno, conserva no
obstante su carácter de mundo único, el mismo para todos. Cada cual percibe
este mundo común desde su punto de vista y bajo determinada orientación; lo
cual significa que ese mismo mundo es o puede ser percibido por otros sujetos
desde diferentes puntos de vista y bajo orientaciones diferentes. Al
experimentar el mundo como mundo común, cada cual lo hace con la reserva de que
sus experiencias o vivencias sean confirmadas, modificadas, aumentadas o
enriquecidas por las de otros sujetos. Esta confirmación y rectificación
recíproca se produce en el comercio que mantienen los sujetos conscientes entre
sí. Aun en el caso de que uno estuviera solo, su vivencia del mundo, al
presentarse como vivencia de un mundo común, está esencialmente condicionada
por la posibilidad de vivencias de otros, con las cuales deben ser armonizadas
las vivencias propias.
Si desarrollamos la psicología de
la intencionalidad en la extensión necesaria, llegaremos a descubrir el
fenómeno de la intersubjetividad en su plena concreción. Las almas no deben
considerarse como esferas cerradas y completas, permanentemente aisladas las
unas de las otras, por el hecho de que los cuerpos a las que van unidas sean
exteriores entre sí. Por el contrario, la psicología de la intencionalidad
—sobre todo el análisis de la experiencia del mundo como mundo vital común—
revela que en todo yo y en su vida consciente están implícitos otros yo con sus
vidas conscientes, en una pluralidad abierta e indefinida. Todas las almas se
entrelazan, se vinculan y se penetran recíprocamente (debiendo entenderse estas
expresiones en el sentido de la orientación de las vivencias de cada cual hacia
las de los demás sujetos). Bajo la perspectiva de la psicología de la
intencionalidad las almas aparecen como formando un contexto universal,
unificado desde dentro, es decir, en virtud del encadenamiento y
entrelazamiento de sus respectivos actos, operaciones, actividades y vivencias
intencionales.
Las precedentes consideraciones
nos obligan a replantear un problema y un fenómeno que ya se nos había
presentado al exponer el programa general de la fenomenología: el del mundo
como correlato intencional de síntesis intersubjetivas, constituído en éstas.
Si se la desarrolla con el máximo rigor, la psicología de la intencionalidad
se convierte en fenomenología trascendental. Análogamente, si la
reducción fenomenológico-psicológica se realiza con el alcance universal
que Husserl exige, resulta ser idéntica a la reducción trascendental. Vemos
ahora que las dos vías de investigación que había seguido Husserl son
convergentes. A partir del mundo vital y de su estructura esencial, Husserl se
propone la tarea de dar cuenta del mismo y de todos los existentes mundanales
que él contiene, así como de los objetos y objetividades de orden superior
(como los que elabora la ciencia) en función de sus multiples y diversos modos
de aparición y presentación, es decir, en función de las vivencias de la
conciencia y de la vida mental. Es evidente que el estudio sistemático de las
vivencias de la conciencia, y de las diversas formas de síntesis y de unidades
sintéticas en que aquéllas se combinan, revela que la intencionalidad es la
nota esencial de la vida de la conciencia. Por otra parte, una vez que la
psicología de la intencionalidad nos ha planteado el problema del mundo como
producto común de una comunidad indefinidamente abierta de sujetos cuyas vidas
conscientes están entrelazadas y vinculadas entre sí, la propia lógica de este
planteo nos induce a dar un último paso. Este paso consiste en analizar las
vivencias, los conjuntos y sistemas de vivencias a través y por medio de las
cuales el "psicólogo puro absolutamente solitario" ("der sich
absolut vereinsamende reine Psychologe") —es decir, el psicólogo que, por
medio de la realización radical de la reducción fenomenológica se revela a sí
mismo como yo trascendental puro, o más bien como polo-yo— aprehende y experimenta
otros yo como semejantes suyos entrando en contacto y comunicación con ellos, a
fin de constituir, en las multiples formas de esa cooperación intersubjetiva,
el mundo uno e idéntico, común a todos.
La psicología como ciencia
positiva, modelada según el patrón de las otras ciencias positivas, jamás ha
existido y jamás podrá existir. Todos los intentos de alcanzar en la
psicología la exactitud de la física están condenados al fracaso debido a su
carácter intrínsecamente absurdo. Precisamente la persecución de este objetivo
quimérico es lo que ha impedido el desarrollo de una psicología genuina y pura,
genuina y pura en el sentido de que sea una psicología que se ocupe de lo que
propiamente pertenece a la naturaleza esencial del alma y de la mente. En este
sentido la psicología pura no sólo es inseparable de la fenomenología
trascendental sino que se identifica con ella. Esto no significa
negar la legitimidad de la psicología como ciencia en la actitud natural —en
oposición a la actitud fenomenológica— es decir, como ciencia que se apoya en
el mundo vital y trata a las almas y la vida mental de los seres humanos —y
también, quizás, de los animales— en cuanto existentes mundanales. Una vez
realizada la reducción fenomenológica estamos en condiciones de dejarla de lado
y de volver a la actitud natural, pero no con la ingenuidad en que vivíamos
antes de realizar dicha reducción. Podemos entender esa ingenuidad, pero no
podemos recuperarla. Una vez que se nos han revelado las dimensiones
trascendentales, por más que volvamos a la actitud natural no podremos
desconocer esa revelacion, aunque por momentos ésta pueda dejar de estar
inmediatamente presente en nuestra conciencia. Si, retomada la actitud natural,
consideramos a los existentes mundanales en su calidad de tales, se nos
aparecerán ahora iluminados por una luz que no existía antes: por la luz que
arroja el descubrimiento de las dimensiones trascendentales, ahora
inseparables de dichos existentes mundanales. Husserl recalca la necesidad del regreso
a la actitud natural para asegurar la legitimidad de la psicología como
ciencia de esa actitud, y lo hace porque la fenomenología trascendental se
revela como la ciencia fundamental a priori respecto de la psicología
empírica, debiendo ésta respetar y utilizar los resultados y las intuiciones de
aquélla.